Un atisbo de belleza, una chispa de genialidad, un algo de emoción o conmoción...
"A veces es necesario robar un poco de belleza para seguir viviendo".Teresa Imízcoz.
lunes, 25 de enero de 2021
lunes, 15 de julio de 2013
ANTONIO MUÑOZ MOLINA. TODO LO QUE ERA SÓLIDO.
“Algo más ha ocurrido a lo
largo de todos estos años alucinados, los años del delirio que duró tanto y del
que no parece que despertemos del todo; algo más, aparte de la
sinvergonzonería, del despilfarro, de la arrogancia de los nuevos ricos, de la
obsesión por los orígenes, de la creencia alentada por la clase política de que
se puede tener todo sin pagar por nada ni responsabilizarse de nada ni
agradecer nada. Ahora se abren los ojos, ya sin remedio, y lo que se ve no es
solo que de nuevos ricos hemos pasado a nuevos pobres, y que es a los débiles a
los que les toca pagar las calamidades desatadas por los poderosos. Lo que se
ve, además, es que en todos estos años, sin que nos diéramos mucha cuenta, nos
ha ido rodeando e invadiendo un océano de fealdad, un océano que ocupa desde
los paisajes que parecían más deshabitados o remotos hasta el corazón de las
ciudades. Es una fealdad pública y también privada.”
Cómo es que ese ruido no nos atronaba. Qué veíamos,
en qué estábamos pensando. Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo
cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante de los ojos,
lo que se publicaba en el periódico que yo compraba…Me fijaba demasiado en la
superficie política y psicológica del delirio como para reparar en lo que
hubiera debido saltarme a la vista, en la cualidad delirante de la economía
misma. Pero entonces las personas como yo leíamos las noticias de cultura y tal
vez las de política y no llegábamos nunca a las de economía…Jamás reparé en que
hubiera día tras día tantos anuncios a toda página de coches de lujo, de
cruceros en invierno y de clínicas de cirugía estética. Cada mañana pasé la
página de un anuncio de BMW o Volvo sin fijarme en el texto que se repetía a
diario: “Estás en tu mejor momento. Que nadie te lo arruine.”
Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido".
Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza
de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados.
…Una parte de la clase política ha desmantelado la
legalidad o la ha ignorado para perseguir sus proyectos fantásticos y en un
cierto número de casos además para robar y para favorecer a los ladrones: pero
no habrían ido tan lejos sin la indiferencia, la claudicación o incluso la
adhesión de sectores amplios de la ciudadanía, y menos aún sin la mezcla de
negligencia profesional, militancia sectaria y disposición cortesana de una
parte de los medios informativos.
Durante mucho tiempo pareció que
no importaba nada y ahora importa todo, y todo lo que no hicimos y lo que
dejamos de hacer y lo que hicimos mal ahora nos pasa su factura exorbitante.
Pareció que no importaba ser mediocre o ser ignorante o venal para hacer
carrera política, y ahora que necesitamos desesperadamente dirigentes políticos
que estén a la altura de las circunstancias y que sean capaces de tomar decisiones y llegar a acuerdos nos
encontramos gobernados por toscos segundones que no sirven más que para la
menuda intriga partidista gracias a la cual ascendieron, todos ellos, mucho más
arriba de lo que se correspondía con sus capacidades.
Hace falta una serena rebelión
cívica que a la manera del movimiento americano por los derechos civiles utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes
y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía
usurpados por la clase política. Hay que exigir de manera eficaz la limitación
de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad y la independencia de la administración, la revisión
cuidadosa de toda la maraña de organismos y empresas oficiales para
decidir qué puede aligerarse o suprimirse, a qué límites estrictos
tienen que estar sujetos el número de puestos
y las remuneraciones, qué normas se deben eliminar para que no interfieran dañinamente
con las iniciativas empresariales capaces de crear verdadera riqueza, qué hay
que hacer para alentar y atraer el talento en
vez de ponerle obstáculos y someterlo a chantajes políticos. Hay
que defender sin timidez ni mala conciencia
el valor de lo público, que lleva tantos años sometido obstinadamente al
descrédito, a la interesada hipocresía de los que lo identifican siempre con
la burocracia y la ineficiencia y celebran por comparación
el presunto dinamismo de la gestión privada, y a continuación aprovechan contratos públicos
amañados para enriquecerse, y renegando del estado saquean sus bienes y se quedan a
bajo precio y a beneficio de unos pocos lo que había pertenecido a todos, lo mismo una red de trenes que el suministro de agua
de una ciudad, el patrimonio común convertido en despojos.
Antonio
Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”.
Ha
terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo
en él es una estafa que no podemos permitirles, que no podemos permitirnos.
Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, sumido en el hábito
de la discordia, cargado de deudas, con una administración hipertrofiada y
politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos
comunes…Hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho
bien para tomar ejemplo. No tendremos disculpa si no hacemos todos lo poco y lo
mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno…Ya no nos queda más
remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo
real. Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos
haber llegado a la edad de la razón.
Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era
sólido”.
La
“legalidad dudosa”, la grosera ilegalidad, la perfecta legalidad.
Más
grave que la “legalidad dudosa” a la que alude la definición y que la grosera
ilegalidad de tantos hechos corruptos es la perfecta legalidad en que han
sucedido la inmensa mayor parte de las barbaridades y los despilfarros que se
han ido acumulando a lo largo de tantos años hasta llegar a este presente en el
que parece que todo se derrumba.
…En
lugar de construir una nueva legalidad democrática, muchos, lo que hicieron fue
sustituir la antigua por la potestad de ejercer incontroladamente el albedrío político. Cambiaron la leyes no
para hacerlas mejores sino para asegurarse de que podrían actuar al margen de
ellas…y en vez de mejorar la antigua burocracia la sumergieron en una inundación
de nuevos puestos clientelares, de comisarios políticos descarados o
encubiertos, dependientes siempre del favor del que los nombraba, leales hasta
la sumisión, volcados en el servicio al partido o al líder del que dependía su
sueldo y no a la ciudadanía que lo costeaba con sus impuestos.
La
ruina en que nos ahogamos hoy empezó entonces: cuando la potestad de disponer
del dinero público pudo ejercerse sin los mecanismos previos de control de las
leyes; y cuando las leyes se hicieron tan elásticas como para no entorpecer el
abuso, la fantasía insensata, la codicia, el delirio –o simplemente para no ser
cumplidas.
Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era
sólido”
Llevar la
contraria…
Es
muy difícil llevar la contraria en España. Llevar la contraria no a los del
partido o a los del bando contrario, sino a los que parecería que están en el
lado de uno; llevar la contraria a solas, a cuerpo limpio, diciendo educadamente
lo que uno piensa que debe decir, sabiendo que se arriesga no a la reprobación
segura de quienes no comparten sus ideas sino al rechazo ofendido de los que lo
consideraban uno de los suyos; llevar la contraria no a visiones abstractas y
totales del mundo sino a hechos particulares de la realidad.
Es
muy difícil no pertenecer a un grupo, a una tribu, a una patria, a lo que sea,
con tal de que sea seguro y colectivo, de que ofrezca una protección
incondicional, si bien al precio de abdicar al derecho al libre pensamiento: a
cambiar de opinión, a no ajustarse a lo que se exige o se espera de uno, a no
aprobar todas y cada una de las cosas que hacen aquellos de los que uno mismo
se siente más cerca, a los que uno ha defendido, los que sin embargo no
aceptarán que se aparte ni un milímetro de la ortodoxia que ellos mismos
marcan.
Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era
sólido”.
Nada importó demasiado mientras había dinero. Nada
importaba de verdad. Podíamos estar gobernados por incompetentes o por ladrones
o por ignorantes o por gentes que reunían las tres cualidades a la vez: por mal
que lo hicieran la economía prosperaba empujada por el doble espejismo del
dinero barato y de la burbuja inmobiliaria; por mucho que robaran y por muchos
parásitos a los que les permitieran chupar de la administración había tanto
dinero que seguía sobrando para casi todo…
Los fastuosos simulacros usurpaban el lugar de la
vida real y consumían ríos de dinero sobre cuyo origen nadie parecía
preocuparse. Cada comunidad era un país de Jauja y cada ayuntamiento una ínsula
Barataria en la que joviales analfabetos fingían gobernar casi siempre con bastante
menos sentido de la justicia que el pobre Sancho Panza, que al fin y al cabo, a
diferencia de tantos alcaldes y concejales españoles, salió de su aventura tan
pobre como había entrado en ella.
Antonio
Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”.
En la
foto, la “Ciudad del Circo”. Alcorcón.
Otra carrera que
la del medro político.
Hacia
la mitad de los años ochenta vimos también cómo mucha de aquella gente parecida
a nosotros que había entrado en la política por convicción o por azar en las
primeras oleadas de elecciones democráticas se instalaba en ella y la convertía
en su profesión. Adquirían ademanes como de una autoridad congénita.
…Éramos
muy jóvenes y el tiempo pasaba entonces para nosotros mucho más despacio: ahora
nos sorprende comprobar lo rápido que sucedió todo, los pocos años que bastaron
para que muchos de aquellos aficionados se convirtieran en profesionales, se
multiplicaran y enquistaran en una clase política, apoderándose de aquella
administración a la que poco antes habían llegado como intrusos…de pronto se
encontraron con que habían pasado demasiados años en la política y ya no
servían para nada más. Pero la resignación o el cinismo son más llevaderos
cuando se recibe un buen sueldo a cambio de no mucho esfuerzo y se tiene
garantizada una pensión generosa o cuando se ha sido cómplice de un pelotazo y
se dispone de una cuenta secreta…
Algunos
de los veteranos que tenían veintitantos años a finales de los setenta siguen
ganando elecciones o han llegado a la edad de jubilación presidiendo con
aposturas patricias empresas públicas o privatizadas en las que cobran sueldos
de plutócratas, cajas de ahorros a las que han llevado impávidamente a la
ruina. Y también hay una segunda o tercera generación de cargos que han
convertido en privilegio hereditario lo que empezó tan improvisadamente en los
años primeros de la Transición, que no han respirado otro aire ni estudiado
otra carrera que la del medro político.
Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era
sólido”.
Palacio de la
Moncloa, diciembre de 2004.
Otro
recuerdo de entonces: una visita al palacio de la Moncloa en diciembre de 2004,
en compañía de César Antonio Molina, y de tres o cuatro directores de centros
del Cervantes, uno de ellos el escritor Juan Pedro Aparicio. Nos recibió el
presidente Rodríguez Zapatero…Apoyando las dos manos en el respaldo del sillón
a la cabecera de la mesa, donde se celebraban la reuniones del Consejo de
Ministros, los hombros siempre tan peculiarmente levantados, el presidente nos
dijo: “Éste es el sitio más especial del palacio. Cuando te sientas aquí es
cuando tocas de verdad el poder”. Me sorprendió que lo dijera tan sinceramente,
que no disimulara el gusto de mandar.
…Nos
dijo también que el gobierno estaba planeando exhumar los restos de Manuel
Azaña en Montauban y los de Antonio Machado en Collioure para traerlos a de
España. Fijó en mí sus ojos muy claros con un gesto de impasible extrañeza
cuando le dije que no estaba de acuerdo: que una parte de la memoria indeleble
de Manuel Azaña y de la de Antonio Machado es que murieran en el destierro y
que haya que cruzar la frontera para visitar sus tumbas. Cité un verso
terminante de Antonio Machado: “Sólo la tierra en que se muere es nuestra”.
Entre unos y otros cambiamos de conversación.
Antonio Muñoz Molina, “Todo lo que era
sólido”.
Quizá sería útil, para empezar, una rebaja general y
limitada de las identidades, un tránsito
de las firmezas rocosas a la ductilidad de los fluidos, de la pureza a
la mezcla, del monolitismo al pluralismo. Una rebaja nada más, no una renuncia,
ni mucho menos una apostasía: que todo el mundo acepte ser un poco menos de lo
que ya es…es aceptar la parte en la que nos parecemos a otros, lo que tenemos
en común que nos constituye tanto como lo que nos diferencia. Habrá que hacer
ahora la pedagogía democrática aplazada de la aceptación verdadera del otro, la
fraternidad objetiva de la ciudadanía por encima de la consanguinidad de la
tribu. Aceptarnos no es claudicar de nuestros ideales, sino aceptar la
realidad, y por lo tanto renunciar al delirio…Es una vulgaridad decirlo, pero a
veces da la impresión de que todavía no nos hemos enterado: estamos,
literalmente, condenados a entendernos.
Antonio
Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”.
“Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”, dice Luis
Cernuda. Recordar y contar lo que uno ha visto esforzándose por no mentir y por
no halagar y por no dejarse engañar uno mismo por el resentimiento o por la
nostalgia es una obligación cívica…
Los que conocimos el mundo anterior –el duro y
difícil mundo de la posguerra- tenemos la obligación de contar cómo era: no
para que se nos admire o se nos compadezca por las escaseces que sufrimos, sino
para que los que han venido después y lo han dado todo por supuesto sepan que
no existió siempre, que costó mucho crearlo, que perderlo puede ser
infinitamente más fácil que ganarlo. Y que si nos importa de verdad tenemos que
comprometernos para defenderlo y mantenerlo.
Nada amenaza más el bienestar de la clase política
que una ciudadanía que les dé la espalda o se niegue a seguir actuando de
comparsa en sus proyectos delirantes o les pida cuentas de cada céntimo que
gastan y cada decisión que toman en vez de seguir tragándose el engaño del enemigo exterior que
tiene la culpa de todo….
Hay lujos que ya no podemos permitirles. Durante
demasiados años tendremos que seguir pagando las deudas que ellos contrajeron
para costear esos delirios que siempre eran delirios de grandeza. Lo que se
tiró en lo superfluo ahora nos falta en lo imprescindible, y no hay proporción
entre la gravedad de las responsabilidades y el reparto de las cargas, entre la
impunidad de unos y el sufrimiento de los que han de pagar las consecuencias…
Éramos nuevos ricos y ahora resulta que somos nuevos
pobres. No estamos en aquella “Champions League” que enaltecía tanto al
presidente Rodríguez Zapatero ni en aquella mesa de los grandes poderes en la
que el presidente Aznar se creyó que era un invitado y resultó ser sólo un
comparsa. Somos pobres y estamos cargados de deudas. Comparativamente pobres,
esos sí. Mucho menos pobres que una vasta mayoría de la humanidad; mucho menos
que nuestros abuelos o que nuestros padres.
Antonio
Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”.
Vivimos en este mundo, no en otro. Lo que tenemos es
mucho más singular y más frágil de lo que creíamos. Para preservarlo no nos
queda más remedio que extremar la agudeza, la voluntad de trabajo, que ser
productivos y sobrios, que abrirnos a la iniciativa y al talento de quienes
vengan de fuera, que dotarnos de un sistema educativo que favorezca el
despliegue de las mejores capacidades en el mayor número de personas. No hay
sitio para la autoindulgencia, la conformidad, el halago.
…Yo querría que mis hijos y las personas que ellos
amen no vivan peor de lo que he vivido yo, no tengan menos oportunidades, no
respiren un aire más envenenado, no tengan que trabajar como esclavos ni que
competir sin compasión, ni que protegerse detrás de puertas blindadas y de altos
muros de cemento, ni que vivir angustiados por el miedo a una enfermedad de la
que no puedan curarse ni a tratamientos médicos que no puedan pagar.
Me gustaría que pudieran seguir moviéndose por
Europa sin ser detenidos en las fronteras ni que sufrir la angustia de los
pasaportes y los visados; que no tengan que jurar lealtad a ningún tirano ni
que aclamar en medio de la multitud a ningún demagogo, ni que esconder sus
pensamientos, ni que decir lo que no piensan.
Antonio
Muñoz Molina, “Todo lo que era sólido”.
Fotografía de Francesc Catalá-Roca.
martes, 9 de julio de 2013
ANDRÉS TRAPIELLO. MISERIA Y COMPAÑÍA.
Empezaba a clarear en el ventanuco. Es del tamaño de
un libro abierto. Por él pasan las nubes y todas las estaciones. Se podría leer
en él la eternidad, y hacerlo sin levantarse de la cama, como los
convalecientes.
-Tú no eres tan melancólico como parece, tendrías
que sacarte más alegre –dijo M después de un largo rato en silencio,
completamente despejada, cuando yo creía que había vuelto a dormirse-. Tomarte
menos en serio.
-Tienes razón. Lo haría, si supiera. Pero cuando me
voy a mirar en el espejo, me digo: qué deprisa ha pasado la vida, y no puedo
evitar ponerme un poco melancólico. Para mí la melancolía es un estado de la
alegría, no sé si líquido o gaseoso. Algún día nuestros hijos serán nosotros,
tendrán nuestra edad y echarán la vista atrás. Nosotros no estaremos con ellos,
pero nos divisarán a lo lejos, y acaso vendrán a esa página, si la escribo, y
leerán en ella que nos amábamos como todos aquellos que se aman, sin rubor ni
pesar, porque buscábamos una vida nueva y ennoblecida, y eso les ayudará a
vivir, porque la vida no es siempre fácil y necesitamos un poco de esperanza y
otro poco de creencia. Este año te prometo que seré el hombre más alegre del
mundo.
-No sigas, vas a conseguir que me ponga triste.
Andrés
Trapiello, “Miseria y compañía”.
En la
foto, Andrés Trapiello con su mujer Miriam.
…la vida es más generosa con quien escucha que con
quien habla.
Es agradable hacer compañía a un anciano como él
–José Antonio Muñoz Rojas- , noventa años gastados en ayudar a poetas,
filósofos y escritores, si estaba en su mano…Me esperaba donde siempre, sentado
en una mesita al lado del balcón, mirando hacia poniente, con todo el Jardín
Botánico para nosotros. Verlo en aquel lugar, donde estuvimos la última vez con
él y con su mujer, me encogió el ánimo. Aunque ella haya muerto octogenaria, se
pregunta uno: y esta soledad, ¿cómo la vivirá? ¿Nos hacemos insensibles a
medida que cumplimos años? ¿Nos resignamos a morir, sabiendo que hemos vivido
mucho y que muchos ya se nos han adelantado?
…Ha escrito mucha poesía, pero sabe del carácter
epigonal de su obra. Me preguntó qué haría uno, en su lugar, con su archivo, su
correspondencia…”Desde que murió M. todo me da igual”, se sinceró pronto. “No
le tengo apego a nada”. “Si pudiera”, manifestó, como buscando otro tema de
conversación, “escribiría un largo poema en endecasílabos, pero yo sólo he
podido escribir poesía después de leer la poesía de otros”. Había mucho
desaliento en aquellas confesiones íntimas. Nada más íntimo que una confesión
sobre la propia obra. No hay mayor intimidad.
…Había llegado la hora de dejarlo en manos de una
nieta que había venido a cenar con él. Llevábamos juntos cuatro horas, y eran
cerca de las diez y media…Vino a la puerta a despedirme. Me dijo: “Esta
senectud es cosa mala”, pero como no quería dejar en el aire como final una
queja, a tanto llega su aristocracia natural y buena, abrochó su dolorido
sentir con una burla: “Tú me ves bien lo mal que estoy”.
Andrés
Trapiello, “Miseria y compañía”.
En la
foto, José Antonio Muñoz Rojas, retratado por Eduardo Muñoz Bravo.
Me quedé junto al regato que corría por la gavia
rompiéndose en unas piedras. Había algo subyugante en ese su susurro, en su
laboriosa urdimbre: el abejar del agua.
El silencio lo hablamos todos, sin distinción de
razas, edades, clases. El silencio es lo que tenemos en común los hombres con
el árbol y el aire, con el fuego y el agua, nuestro idioma común. En el
silencio se han escrito las obras más hermosas.
La niebla vistiendo los árboles, la gota de agua
colmándose en la hoja del olivo antes de caer, el pespunte de un pájaro
cantando, el olor del humo de leña que cose sutil a su manera…Todo ello, ahora
lo veo, son como migas de pan en el camino de vuelta…a la casa común, a la
Poesía.
Andrés
Trapiello, “Miseria y compañía”.
Pensé: ha sido una gran suerte haber sido amigo
suyo, pero más aún haberse alejado a tiempo de lo que se ha convertido.
****Nos pasamos la vida llegando tarde a los libros
que nos importan, o yéndonos de ellos mucho antes de lo aconsejable.
****Nos iremos un día, pero no si dejamos aquí
cantando los pájaros. Ellos harán que nos recuerde quien sepa y quiera oírlos.
****Hay que leer a los contemporáneos, sí, de
acuerdo, cincuenta años después. “Pero
tú lees a Ramón Gaya.”Por eso: porque lo suyo y lo de algunos pocos llega
cincuenta años antes.
Andrés
Trapiello, “Miseria y compañía”.
Hace unos días me tropecé, buscando la compañía de
Van Gogh, con una carta suya de abril de 1885 en la que le dice a su hermano:
“La vida no es larga para nadie, se trata únicamente, de hacer algo con ella”.
¿Qué? Yo ahora, aquí, en esta página puedo pintar un balcón. No está en mi mano
hacer muchas cosas, pero esa sí…Necesito respirar el aire libre de la mañana,
el olor de la pequeña hoguera de ramón verde, oír el canto alborotado de los
pájaros, sentar en mi frente la brisa templada de este día y ensanchar los
pulmones, y me repito: esto es lo que puedo hacer hoy con mi vida, poner aquí
en el papel un balcón y enfrente ese paisaje y a este lado del balcón a ti,
lector, que hace un rato no existías, con un libro en las manos. Este libro.
Andrés
Trapiello, “Miseria y compañía” ( del prólogo).
Sólo unos pocos libros, personas, ciudades, pinturas
nos nacen como si fueran ramas, y estas permanecen incluso en los inviernos
prolongados, y llegada la estación propicia, vuelven a llenarse de hojas y de
frutos.
Cuánto
desearía inventar un género nuevo de euforismos,
breves fragmentos, píldoras escritas que, leídas, levantaran el ánimo de
las gentes, disipando en ellas, y en mí, los desalientos.
Andrés
Trapiello, “Miseria y compañía”.
viernes, 28 de junio de 2013
CARMEN MARTÍN GAITE. LO RARO ES VIVIR.
“dices cosas tan raras que no te sigo, pero son de
las que te dejan temblando…”
Carmen
Martín Gaite.
En la
foto, Anne Sexton.
Es
duro de aceptar lo casuales que somos, nuestra incapacidad para transmitir a
otro más que remedos de un ánimo mutable; y aceptar al mismo tiempo los gestos
y balbuceos con que tratamos de acercarnos obcecadamente a quienes hemos
supuesto que forman parte de nuestra historia.
Carmen Martín Gaite, de “Lo raro es
vivir”.
Las voces del pasado
trepan por la espalda a manera de viento súbito. Somos como una montaña cuya
vertiente delantera, más feraz, pero más vulnerable, está defendida por
fortificaciones y poblada de huertas, casas, paseos y almacenes; allí se
aprende lo conocido, se teme lo desconocido y la vida se rige por leyes que
zurcen lo uno con lo otro; en la parte de atrás nadie repara, es más difícil
acceder a ella desde el valle - según rezan los mapas -, casi nunca da el sol y
la vegetación es escasa. Acabamos por olvidarnos de que existe. Y, sin embargo,
por esa grupa atacan de improviso las fantasmales huestes del pasado, apenas
perceptibles, tan sólo una cosquilla... Suelen aprovechar los tramos de
descuido que preceden al sueño o lo convocan, cuando ya hemos desembarazado de
trastos y envases vacios nuestra buhardilla... Entonces se percibe el sutil
traqueteo por la espina dorsal, no es nada. Pero ahí sigue. ¿Qué dicen esas
voces? Bordear la pregunta es ceder al peligro. ¿Quién está hablando? ¿Desde
dónde? Se diría que desde una boca tan pegada a nuestra piel que el mismo
aliento entrecortado ahoga las palabras que pronuncia. Pero también desde
lejos, y esa mezcla de lejos y cerca mete droga en la sangre. Ecos que
trastornan y excitan, que en vano se procuran ahuyentar, dime más, no oigo
bien, ¿quién eres?, ven más cerca.
Carmen Martín Gaite, “Lo raro es vivir”.
Fotografía: Alex Ten Napel.
Su mayor problema –decía- cuando consultaba un
legajo del archivo era la incapacidad para interesarse solamente por una de las
diferentes historias que le salían al paso entre aquel montón de papeles,
limitarse a buscar lo suyo, mirar a ver si venía algo de lo suyo, ¿por qué era
suyo?, ¿quién había decidido que lo fuera?...En la vida le pasaba igual,
resulta tan empobrecedor –decía- atenerse de forma rígida a lo que se ha
elegido, descartando cualquier otra posibilidad igualmente interesante, y sin
embargo hay que contar con ello, nos pasamos la vida decidiendo, por mucho que
nos agobie decidir, ésa es nuestra condena, la sed de infinitud chocando contra
los barrotes de la jaula…es muy injusto que la vida nos fuerce a tomar opciones
excluyentes, entras por una puerta y ya no hay más que un pasillo que se van
ensombreciendo con puertas al fondo por las que también hay que pasar, cada vez
más estrechas y perentorias.
Carmen
Martín Gaite, “Lo raro es vivir”.
Imagen: Ilustración de Luis Serrano para la edición de
Anagrama.
Me he pasado más de media vida diciéndoles a mis
padres cosas que no tenían nada que ver con las que hubiera querido
decirles…Aprendí desde edad bastante
temprana a mirarme en aquel espejo oblicuo donde mi rostro asomaba a medias
tapado por el de ellos, pero no me di cuenta de que estaban torcidas las
sonrisas hasta que empezó a reflejarnos a solas a mamá y a mí con la sombra de
él al fondo. Yo intentaba borrar aquella sombra, la frotaba con rabia una vez y
otra, pero reaparecía…y dentro del espejo se congelaban los gestos, nada era
verdad, a todas las sillas les faltaba alguna pata, no corría el aire…Pero qué
difícil es buscar la propia ración de aire, aguantar el aire libre cuando te
has aficionado a los paños calientes, abandonar la cueva sin rencor y sin daño,
resignarse a olvidar lo que no se ha entendido.
Carmen
Martín Gaite, “Lo raro es vivir”.
Fotografía:
Harry Callahan.
Y te encuentras con gente que te remite a otra o se
transforma en otra, de quien te acuerdas vagamente o nada, gente que te saluda
apenas con una inclinación de cabeza, con ojos fijos y serios; de su historia
no se quieren acordar ni que se la saque a relucir nadie, han decidido vender
en almoneda los restos del pasado y cualquier brizna de esperanza…Nadie les
compra nada, no, ni saben por qué llevan aquellas pertenencias consigo,
tarjetas postales atadas con cinta, retratos, llaves, una funda de gafas de
carey, envoltorios diversos, pero han circulado agarrando esos residuos de una
olvidada identidad por galerías, callejones y riscos del más allá, perdidos,
tropezando, hasta encontrar su hueco de quietud.
Carmen
Martín Gaite, “Lo raro es vivir”.
miércoles, 26 de junio de 2013
JAVIER EGEA. POEMAS.
…a la deriva, amor, a la deriva.
Miguel Hernández.
Ven a ver el amor hecho jirones.
Ven a ver el amor:
ese caballo muerto flotando por las
venas
a la deriva, amor, a la deriva.
Javier
Egea, de “Paseo de los tristes”.
“…aún quedan las altas tabernas del
ensueño”
¿Cómo
contar ahora que la muerte se llama 2.º B
cómo
decir 2.º B sin abismarse
por
la tiniebla de porteros eléctricos y solos
cómo
decir a nadie yo soy el enamorado del 2.ºB
quién
saca la basura del 2º.B
cómo
vivir
cuando
su nombre pálido te cerca?
Javier Egea, de “Raro de luna”.
Desarbolando el cielo me tropecé la
herida.
Javier
Egea, del poema “Aquellos peces”.
Después
de varios años
durante
los que fuiste el mapa señalado,
el
pequeño horizonte, el cuerpo en llamaradas,
la
diminuta y bella revolución
o
acaso el sueño que me hizo avanzar,
es
cansado y difícil
soportar
la consciencia de que nunca se llega.
Javier Egea, de “Sobre el papel”.
Falta el aire de entonces en las plazas
de siempre
y los hombres se ahogan.
Estamos en el tiempo de la herida
y los caballos viven
un interior asedio
que les crespa las crines.
Hay que salir de aquí
hacia otra tierra
para volver un día con el agua en la
frente,
con el fuego en las manos,
con el grito en las alas.
Javier
Egea, del poema “Ciudad del asedio”.
Fotografía:
Larry Towell.
…entrega todo cuanto crece
en el tañido azul de tu campana
al delicado viento que te mece.
Javier
Egea, de “Serena luz del viento”
Es ahora el principio.
Y si perdí la flor
hay un rosal en cueros
que me gira sus brazos
para que yo me sangre en las palabras,
para que yo me agrupe,
para que yo responda.
Javier
Egea, del poema “Hacia otro mar”.
Es tarde y en tu espalda florecen los
pañuelos.
Es así que el amor, el viejo amor,
el pobre amor tan viejo, tan torpe, tan
cansado,
mira hacia el mar, entorna los postigos
y se tiende y reposa.
Javier
Egea, de “Troppo mare”.
Hay
noches que no ofrecen
sino
palomas ciegas en sus escaparates
Hay
en algún lugar personas que no soportan ya el silencio
Soledades
al filo de la pólvora
soledades
que tienen chaqueta en su respaldo
soledades
con banqueros al fondo
soledades
de las torres
las desmoronadas torres
soledades
canallas bogando las venas y los albañales
No
No era este el lugar ningún lugar nunca más un lugar
Javier Egea, de “Raro de luna”.
La preguntaron sabios,
astrónomos, poetas,
inevitables músicos,
pintores y gacelas.
Ella no sabía nada.
…
Ella sólo sabía
de sábanas lejanas,
de corazones tibios:
quizás, quizás mañana…
Ella no sabía nada.
…
Le preguntaron sabios,
astrónomos, poetas,
inevitables músicos,
pintores y gacelas.
Ella no sabía nada.
Ella sólo sabía
de labios y de besos,
de corazones tibios
y príncipes eternos.
Ella no sabía nada.
Y siempre se quedó
absurda por el aire
con una duda inmensa
traspasándole el talle.
Ella no sabía nada.
Ella no sabía nada.
Ella no sabía nada.
Javier
Egea, del poema “Ella no sabía nada”.
Fotografía:
Martin Iman.
…me
tumbaré sin luna en tu cintura.
Aquí,
donde la vida se aventura
y
en jardines brillantes se extravía.
Javier Egea, “Raro de luna”.
y
cuando avanzo
ella
se asoma al ventanal del horizonte
como
una diminuta revolución
o
un sueño.
Javier Egea, “Paseo de los tristes”.
…no sólo ya las dunas sino rostros en
ellas,
vestigios de tu cuerpo,
espejismos al cabo,
restos de la memoria del misterio.
Javier
Egea, de “Troppo mare”.
Sólo sirven los nombres.
Ese vestido nuevo que nos traerá la
tierra.
Pasada ya la alondra
me crece un gavilán por esta frente
y un selvático gesto se me anuncia
en mitad de los ojos
como un reto a las cosas y a los
hombres,
como un cuchillo brote
de algún metal herido.
Contra ti, ciudad mía,
disparo yo mis flechas
al centro vulnerable de tu nombre:
al hueco de la envidia,
a la miseria.
La flauta se destroza y surge el trueno.
Se cansa el grito de dormir la siesta.
Javier
Egea, “Contra ti”.
Fotografía:
Olmo Calvo.
Pero aún quedan más aires donde cruzar
el vuelo,
deshojar los espejos donde la ausencia
brilla
y dar nuevos paisajes al paso del
desvelo…
Javier
Egea, de “Tus ojos son palomas en vuelo…”
Pero
búscame allí
pequeña
perla negra anticipada perla
por
las gavias de las naves secretas suéñame allí
allí
mientras destiñen los tatuajes últimos
ven
con las águilas mensajeras en tromba
ven
a las islas ven a mis ojos ven esperada
en
este allí rescátame de todas las sentinas.
Javier Egea, final de “Raro de luna”.
Fotografía: Antonio Manzano.
Porque es hermoso, amor, cuando se llora
en verso,
anudarse a tu risa, desnudarse de penas
y amordazar la herida con un manto de
estrellas.
Porque es hermoso, amor, cuando es el
tiempo adverso
y ya la triste luna se ovilla en las
arenas,
perseguir en el viento la risa de tus
huellas.
Javier
Egea, del poemario “Serena luz del viento”.
Qué difícil, amor…
si nos falta la voz,
la palabra precisa
para bordar el beso.
Javier
Egea, del poemario “Serena luz del viento”.
Fotografía:
Rachel Querrien.
Que es tan triste el camino cuando se
pasa ausente
con un manto de versos abiertos como
rosas
y un bordón solitario llorando entre las
manos…
Javier
Egea, del poemario “Serena luz del viento”.
¿Qué luz extraña, dime,
hay en la soledad y en la memoria?
Javier
Egea, de “El estrago”.
¿Quién
cruzará de un salto las aguas del olvido sin sentir
cómo
quema en la carne la sorpresa de un día,
las
sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las
ojeras del gozo al amanecer?
¿No
volverá el amor,
aquel
juego con náufragos y cofres,
a
sorprendernos con su mano abierta,
a
dejar en la playa de un hombro
como
alga de plata que reposa
la
saliva brillante del deseo?
Javier Egea, de “Otro romanticismo”.
Será que tuve suerte de no quedarme
ciego
…Será que aquella Isleta
me fue poniendo al día los ojos
interiores,
clavó en mi rostro su aguijón marino,
apuñaló la herrumbre de mi vientre
y fue sacando al sol
trapos sucios, camino, sangre seca,
basura,
borbotones de miedo y otras piezas que
alzaban
aquella casa vieja, aquel campo en
ruinas,
aquel bosque de troncos carcomidos.
Javier
Egea, de “El estrago”.
de abandonar el rastro de tu piel,
la espiga de aquel sueño malherido.
Si sólo se tratara
de llevarte conmigo como gesto
o extraña cicatriz,
de cerveza o conjuro en el camino.
Si sólo se tratara
de oler la flor y amor y ya el olvido.
Pero nunca tus ojos si sólo se tratara.
Javier
Egea, de “Paseo de los tristes”.
Tú ya sabes, amor, pequeña ausente,
que no se quiebra el beso sin la brisa…
Y sin saber el talle de la risa
se nos ha muerto el viento de repente.
…Se nos ha muerto el viento de repente,
se desplomó la sombra, y la sonrisa
no borda la mirada ni se alisa
este ceño cansado de mi frente.
Porque se ha muerto el viento de repente
y así no nace el mar ni se devana
la ronca y bella voz de su campana.
Porque se ha muerto, amor, y,
tristemente,
ya no se quiebra el beso ni se siente
ese dulce rumor de la mañana…
Javier
Egea, del poemario “Serena luz del viento”.
Fotografía:
Ralph Gibson.
el bello y misterioso sabor de los
regresos.”
Javier
Egea, de “Paisaje”.
Fotografía:
Leszek Paradowski.
Yo sé que tú eres alta al dormir y así
te quiero:
con el sueño pendiente de un hilo en el
alero…
Javier
Egea, del poema “Tú eres alta al dormir…”
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