sábado, 20 de abril de 2013

AQUÍ YACEN DRAGONES, FERNANDO LEÓN DE ARANOA.


ABDEL, EL DE LOS BARCOS
Le llaman el de los barcos, aunque vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un té en la mano, Abdel cuenta su historia a todo el que quiera escucharla.
Siendo muy joven, sus padres le enviaron al extranjero a hacer sus estudios universitarios. Cuando regresó, Abdel era ingeniero naval, pero su país había perdido el mar. Se lo quedó Marruecos, aprovechando la salida de España de su colonia, que confinó al pueblo saharaui al interior del desierto.
Desde entonces todos le llaman Abdel el de los barcos, porque sabe cómo hacerlos, pero vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un té en la mano, Abdel entorna a veces sus ojos y en el horizonte infinito de arena, entre las dunas, ve alejarse la silueta de los barcos que nunca hizo, sus bodegas llenas de los sueños no cumplidos de su pueblo.

                                                                                              Fotografía: Rui Pires.

El Presidente quiso tener a su pueblo cerca, por eso mandó a sus tropas a reclutarlo
De las clases más bajas le trajeron a un varón, a un loco, a un pocero, a un anciano y a un niño. Colectaron también a un sano y a un ciego, a un rico y a un pobre, a un cojo y a un justo. Y a una santa y  una puta; y a un valiente y a un miedoso, que al poco murió de miedo. Pensó entonces el Presidente que su muestra estaría incompleta sin el alma indescifrable de los artistas. No bien lo pensó prendieron a un pintor, a una musa, a un poeta. Y a uno bajo y a otro alto, y a un triste y a un despreocupado; a uno que lloraba, a otro que una vez dudó, a una mujer fea y a otra bella, a un inquieto, a un tranquilo, a un atleta.
A todos los encerraron en el Palacio de Gobierno, donde el Presidente, cerca al fin de sus súbditos, estudiaría sus reacciones, les hablaría, quizá les comprendería y, al comprenderles, podría gobernar mejor.
En definitiva, les amaría. Y amándoles a ellos, calculaba, amaría a su pueblo entero.
Pero los malditos no lo entendieron. Trataron de escapar. Protestaron, lloraron, se revolvieron; enarbolaron palos y revoluciones, organizaron sangrientas revueltas, anunciaron huelgas de hambre y tejieron disturbios, que fueron reprimidos con la violencia diáfana del despecho.
Entristecido, el Presidente terminó por matarlos a todos, sin comprender que, ahora sí, al matarlos mataba a su pueblo entero.


                                                                              Fotografía: Rafael Navarro.

Juntos fundamos un país al norte, al que llamamos Nuestro. En él fuimos los reyes y los súbditos, abolimos la noche y el miedo, decretamos la risa y el juego. Declaramos prohibidos los lunes y las estatuas ecuestres, derogamos los paraguas, se rindió culto al postre. Pusimos a nuestro nombre las nubes, las tormentas de verano y el roce perfecto de las sábanas limpias.
Nadie podía madrugar en Nuestro. La población permanecía en la cama hasta bien entrado el día.
Entonces llegaron los otros. Aparecieron de noche, sin aviso ni delicadeza. Se quedaron con nuestro país, y lo llamaron Suyo.
Soy, desde entonces, un pueblo errante.

                                                                                                    Fotografía: Masao Yamamoto.

Le gustaban las cosas pequeñas. Le enseñaban el bosque, pero ella se detenía en la brizna de hierba pequeña, a sus pies. Del mar, formidable, le interesó más que nada el abanico de espuma blanca que dejaba la marea en retirada entre sus piernas. De la montaña, la senda como cordel en zigzag que le llevó hasta ella.
Ante los elefantes, en el zoológico, no pudo apartar la mirada de la hormiga que trepaba desafiante por la pernera de su pantalón rosa. De la bicicleta roja y reluciente que le regalaron le gustó el timbre, que hizo sonar sin descanso.
Le mostraron un atardecer hermoso, recortable portentoso de nubes doradas: le fascinó el reflejo en sus zapatos.
Del amor de su madre supo ver los motivos.
Y en los ojos de él, lo que una vez vio en ella.



         Lo que hacía de ella una mujer atractiva era que tenía una risa a pruebas de balas, un beso en la punta de la lengua y los bolsillos llenos de caricias, que repartía entre nosotros a dos manos.
Lo que hacía de ella una mujer atractiva era la marea creciente de su conversación y la arrogante disposición de sus huesos, siempre en pugna con su piel.
Lo que hacía de ella una mujer atractiva era su bendito peligro sin advertencias: epicentro y réplica de mi terremoto, curva de montaña sin señalizar. Su corazón era un paso a nivel sin barreras.
Lo que hacía de ella una mujer atractiva era que tenía una locomotora a punto de descarrilar en los ojos y un mar sereno en las manos. Que bailaba al caminar y, al soñar, dormía.
Pero lo más importante, lo que por encima de cualquier otra cosa hacía de ella una mujer atractiva, era que guardaba un extraordinario parecido consigo misma.

 
                          Fotografía: Cristina García Rodero.


Los que caminan despacio no vienen ni van, no huyen ni persiguen. Su huella es más profunda, y son fáciles de hallar, de dar alcance. Los que caminan despacio compiten sólo con el tiempo, y hacen la digestión lenta del camino con los pies, del paisaje con los ojos.
Como los viejos, que no es que no sepan a dónde van: es que no quieren llegar.

                                                      Fotografía: Masao Yamamoto.     

  Los que caminan despacio no vienen ni van, no huyen ni persiguen. Su huella es más profunda, y son fáciles de hallar, de dar alcance. Los que caminan despacio compiten sólo con el tiempo, y hacen la digestión lenta del camino con los pies, del paisaje con los ojos.
Como los viejos, que no es que no sepan a dónde van: es que no quieren llegar.

                                                           Fotografía: Claudia Guadarrama.

Se decía en los cafés, en las plazas, en los mercados: las palabras están muriendo.
Murió Eucalipto, murió Colectivo, murió Paraguas, tan querida por todos. Murió Curioso y murió Rebelión. Murió Ditirambo, pero a pocos les importó, porque pocos la conocían. Agonía tuvo una muerte coherente, larga y dolorosa. Al entierro de Pan acudieron millones en masa.
Caían por docenas, contagiadas.
Alarmadas, las autoridades racionaron las palabras. Cada ciudadano podrá utiliza treinta al mes. Se persiguieron las perífrasis y los circunloquios, se declararon proscritos los rodeos: el lenguaje se volvió exacto, los oradores, cirujanos. Los locuaces fueron encarcelados y puestos a disposición de los jueces en vistas que nunca más volvieron a ser orales. Incomunicaron a los charlatanes y los mudos se erigieron al fin en modelos sociales, pero lo celebraron en silencio.
Se pusieron de moda las medias palabras. Los enamorados aprendieron a decírselo todo con la mirada, los amantes, con las manos.
Lingüistas, académicos y semiólogos trataron de explicar el origen de la epidemia, pero no encontraron las palabras. Las autoridades pusieron protección a algunas de ellas en virtud de su relevancia: Democracia, Quiniela y Sistema Financiero serían escoltadas en todo momento desde sus domicilios hasta las frases donde a diario se ocupan.
Y el lenguaje se llenó de ausencias. Los diccionarios se convirtieron en cementerios: morgues de papel alfabéticamente ordenadas, necrológicas encuadernadas de la A a la Z.
En secreto, los enamorados guardaron diez, doce palabras, para decírselas en el momento exacto.
También los poetas hicieron provisión. En un sótano húmedo, sin ventanas, amontonaron trescientas palabras. Se sabe que entre ellas estaba Mañana, estaba Mantel, estaba Esperanza. Y se sabe también que, apostados sobre ellas con sus rifles, se aprestaron a defenderlas con la vida.

          En la foto, Fernando León de Aranoa, retratado por Oscar Fernández Orengo.



Sorprende cómo algunas cosas, en apariencia simples, pueden adquirir tantos matices.
El silencio, por ejemplo.
…El silencio del hablador vale doble, y el silencio de los mudos es muy distinto al silencio de los tímidos: el primero es un silencio impuesto, pero en el segundo hay siempre una flor a punto de brotar.
…Hay silencios acusadores, silencios unánimes y silencios cómplices. Hay silencios terribles, como el que sucede en la noche a los gritos de auxilio. Pero de todos, quizá mi favorito sea el silencio de los cuentos, ese que llega siempre, de manera inexorable, tras su última palabra.





¿Y si fueran los libros los que eligen a los lectores, y no al revés?
…Quizá juzgan a los compradores por su ropa, por el tono monocorde de su voz, por su mirada inquieta; les juzgan por los libros que han tomado de otros estantes.
…Los libros detestan ser tomados por los indecisos, expertos lectores de contraportadas…Prefieren a los lectores críticos, que leerán sus líneas, pero sabrán hacerlo también entre ellas…
Las novelas policíacas eligen lectores sagaces con los que medirse. Los libros inteligentes buscan lectores inteligentes; los libros grandes, lectores con antebrazos fuertes…Los panfletos buscan a los convencidos, los diccionarios a los iletrados los best sellers a los best buyers.
Pero todos, sin excepción, se van felices una tarde de sábado con ese que mira nervioso a los lados y, aprovechando un descuido del dependiente, los desliza en su mochila abierta, porque con él se saben deseados.

         



Le gusta subirse al tobogán, pero no se tira. Sube los peldaños con la dificultad de sus pocos años, se sienta y mira a su alrededor, circunspecta. A su espalda se desespera un monumental atasco de niños: gritan, lloran, se empujan. Ella no se mueve. Sus manitas se agarran al pequeño pasamanos de metal descolorido. Y observa.
Tiene miedo, diagnostica experta una madre a mi lado. Los niños la empujan: dale, ¿por qué no te tiras?
Pero ella parece ausente, mira sólo. Piensa.
Le gusta observar las cosas desde allí arriba.

                           Fernando León de Aranoa ,“Aquí yacen dragones”

miércoles, 17 de abril de 2013

VIAJE AL CENTRO DE LA FÁBULA, AUGUSTO MONTERROSO.


A mí me asustan las novelas muy largas porque mi curiosidad está constantemente solicitada por demasiados intereses, y, entre estos, por un poco de cada uno. Así, aparte del “Quijote”, son raras las novelas que he terminado, no porque no me gusten, sino porque me distraigo y las dejo aquí o allá; y como hay muchas que comienzo, a los tres días no sé qué personaje pertenece a cuál, o por qué fulano quería suicidarse, y tendría que comenzarlas de nuevo. Con el “Quijote” es distinto porque tengo un ejemplar en mi dormitorio, otro en el comedor, otro en la sala, otro en la oficina, y cuando uno va en el metro puede ir repitiendo mentalmente los trozos que se sabe de memoria.


EL ZORRO ES MÁS SABIO
Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.
El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.
Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.
Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
—Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio.
—Y muy buenos—le contestaban—; por eso mismo tiene usted que publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero pensaba: "En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer".
Y no lo hizo.
FIN.
                    AUGUSTO MONTERROSO



Escribir novelas, cuentos o poesía no es una ocupación seria. Por lo contrario, es una locura o chifladura que habría que disfrutar para que los demás puedan recibir parte de ese goce.



Tres renglones tachados valen más que uno añadido.
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Toda literatura es alegórica o no es nada.
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Yo creo que la rebelión viene dada siempre en una obra bien hecha.
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Nadie sabe con qué se hace la buena literatura.
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A veces los tontos adquieren mucho poder. Yo lo atribuyo a que los inteligentes son perezosos, o poniéndolo más suave, ociosos, o más suave aún, contemplativos, y dejan hacer a los otros.
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No se puede enseñar a escribir; pero sí a leer, a leer a los demás, “en” los demás y “en” uno mismo.
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Todos los escritores son ladrones, unos más finos que otros. Naturalmente, los que no lo son son los escritores pobres.

          Augusto Monterroso, “Viaje al centro de la fábula”.




domingo, 7 de abril de 2013

JOSÉ A. MUÑOZ ROJAS.


"El corazón discurre sobre estos campos. Lo llevan los ojos, los oídos, el olfato. Se hace sentido. Lo sabe, lo acecha todo, lo espera todo, se tiende sobre la tierra, se abriga entre dos surcos, pasa entre los olivos. La belleza es un vuelo. ¿Quién lo dijo? No se está quieta en las cosas y no se mueve de ellas. Dentro y fuera. ¿Cómo decirlo? Parece que somos pozos oscuros, hondos, donde nada llega. Y asomándonos, está todo. La loma, el peñascal, la vera de la zanja, la desazón, la felicidad acechadora, la alegría que apunta, la sombra cernida. ¡Ay corazón, lento y oscuro!"

          José A. Muñoz Rojas, “El corazón y el campo”.
          Fotografía: Leszek Paradowski.

"Sé algo de la tierra y sus gentes. Conozco aquella en su ternura y en su dureza, he andado sus caminos, he descansado mis ojos en su hermosura. Los cierro y la tengo ante mí. Tierras duras, alberos y polvillares, breves bugeos, largos cubriales ; aquí se riza una loma, allá se quiebra una cañada, se extiende una albina, tiembla un sisón de vuelo lento. Todo el campo vuela pausadamente"

       
José A. Muñoz Rojas, “Las cosas del campo”.
          Fotografía: Rui Pires.

"Me bastan pocas cosas. Tú. Y quedarse.
Y mirar."

           De “Póstumos a Rosa”.
          Fotografía: W. Ronis.

"Polvo y dureza en el campo. Reina lo duro: el olivo, la paja reseca. El verde se defiende mal. Al centro del día el campo se queda mudo. Tal vez la chicharra. Que no se sienta un arroyo que el campo se volcará de sed. Tanta tiene. Hay que dejar que el sol se desfogue y buscar la sombra, la recachita, la penumbra…
Con un filo de luna en el cielo nos volvemos. Los maíces tienen un peculiar rumor con el viento: suenan a acero. Y por el camino, entre el polvo, brillan y desaparecen, conforme vamos avanzando, los ojos encendidos de las zumayas."
                                        De "las cosas del campo".
  





          "No sabemos nada
si no es del leve instante. Somos
             tan verdaderamente de él como es el ala
         del aire en que se apoya. Sin embargo,
        algo pudiera hacerse amando un poco
y llenar el mañana de ternura
 con citarlo diciendo simplemente:
        Sobre las ocho en punto donde sabes."


          Fotografía: Jack Spencer.

!Y esperamos. A veces es algo áspero este roce del corazón.
Todo por fuera está inmutable y algo por dentro roza.
¿Qué será? Un gran aletazo del amor nos sacará a su luz.
Quedará todo limpio. Allá en nuestro rinconcillo, el amor
sigue. Oh campo, esta hermosura no tiene página ni espejo
y sólo, a veces, se deja seducir por el temblor de la palabra,
por la insinuación de la poesía. Pero, ¿recogerte, encerrar-
te? ¿Quién pone puertas al campo?"
                              De "Las puertas del campo".



“…la huida, por fin, de todo a todo, a lomos de la dicha…”





"¿Quién sabe las razones de un amor? Son secretas como
las aguas bajo la tierra, que luego salen en manantial donde
 menos se espera. Nada se guarda y el amor menos que
nada. A fuerza de pasar los ojos sobre este campo, lo vamos
conociendo como el cuerpo de una enamorada, distinguimos
 todas sus señales, sabemos la ocasión del gozo, la de la
esquivez. ¡Oh enorme cuerpo del amante!... en todo te he buscado."


           De “Las puertas del campo”.

          En la foto, José A. Muñoz Rojas y Lourdes Bayo, en la Casería del Conde, Antequera, verano de 2004.


“Eran melancólicas las tardes de verano. Abrían los deseos, ponían a la esperanza en carne viva. Comenzábamos a sentir la inutilidad forzada, el dulce desperdicio de las horas, las manos delicadas de la angustia. Y al mismo tiempo un enriquecimiento, la seguridad de que la tarde no se iba, que se quedaba alta sobre nuestra vida con sus rumores y olores, con su realidad de ensueño y esperanza.”


(LO MÁS PRODIGIOSO ES TU INVENTO DE CADA DÍA.)
Lo más prodigioso es tu invento de cada día,
que llenes este vacío que es vivir sin ti, contigo,
que son lo mismo latido y tu paso en mis adentros,
que no hay soledad que tú no puebles,
de manera que eso que llamo mi soledad
eres tú, como eres mi libertad.


          Fotografía: Rachel Querrien.

"Y se nos va la mayor parte de la delicia sin recogerla."
                                     De "Las cosas del campo".





Siempre está lo inexpresable
en su pugna con la palabra
ofrecida inútilmente,           
rumor de ola insistiendo     
en la orilla.



                                           Fotografía: Donata Wenders.

“…los muchos fantasmas del yomismo
que soy,
si me desenterrara y me rayera
de este yomismo que soy,
quizá sería un hombre libre”.

       
          En la foto, José A. Muñoz Rojas, en su casa de Casería del Conde.


Gracias, Señor, por lumbre, por ribera,
por amoroso muro y por semilla,
 por la mar que se postra y por la quilla
 por molino y besana, troje y era.

Por sangre, por mirada, por ladera
que la vid ennoblece, y donde brilla
en tus piedras el sol, por faz sencilla
 y flor en zanja y mariposa en vera.

Por darme y por no darme, por tenerme
de tanto sueño el corazón colmado,
 y de tanta esperanza de ternura

embebidos los huesos, por haberme
 mis techos con tu paz tan bien cargado
gimen ya las vigas de ventura.

         José A.Muñoz Rojas, de “Abril del alma”




        
  No me hables de nuncas que no existen,
sino de siempres nuestros para siempre,
o quizá todavías que nos aguardan.

          José A. Muñoz Rojas, de “Novísimos a Rosa”.


          Fotografía: Mathieu Roggero.

“…No toques
más de lo justo el corazón, que puede
hacerse añicos. No suspires. Deja
que el tiempo llevará lo suyo. Deja
que el tiempo traerá lo suyo.”.



Y se queda uno con la esperanza,

colgando de su delgado hilo
de tantas cosas colgando,
de tantas esperanzas deshaciéndose,
con tanto temor oculto,
con tantos olvidos como caben
en un instante, tantos olvidos
vividos y padecidos,
como para llenar una estrella.


          José Antonio Muñoz Rojas, del poema “Etereidad”.
         








sábado, 6 de abril de 2013

"CLAROS DEL BOSQUE", MARÍA ZAMBRANO.



"Aparecen con frecuencia las palabras de verdad –palabras de comunión- por transparencia, una sola quizá bajo todo un hablar; se dibujan a veces en los espacios de un texto. Y en los venturosos pasajes de la poesía y del pensamiento aparecen inconfundiblemente entre las del uso. Mas ellas saltan diáfanamente, promesa de un orden sin sintaxis, de la unidad sin síntesis, aboliendo todo el relacionar. Suspendidas, hacedoras de plenitud, aunque sea en un suspiro.
Parece que vayan a brotar del pasmo del inocente, del asombro; del amor y de sus aledaños, formas de amor ellas mismas. Y es al amor al que siempre le faltan. Y por ello resaltan inconfundiblemente cuando en el amor se encuentra alguna; es única entonces, sola. Y por ello palabra de la soledad única del amor y de su gracia".

¿Cuándo se ha visto un alma ensimismada?
…El alma se mueve por sí misma, va a solas, y va y vuelve sin ser notada, y también siéndolo…De condición alada y dada a partir, se conduce como una paloma….Parece saber algo que no comunica, que siendo tan afín con las palabras nunca dice".




    
“El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar, desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada en ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido.”


"Hay que dormirse arriba en la luz.
Hay que estar despierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal de los diversos cuerpos que el hombre terrestre habita: el de la tierra, el del universo, el suyo propio.
Allá, en “los profundos”, el corazón vela, se desvela, se reenciende en sí mismo.
Arriba, en la luz, el corazón se abandona, se entrega. Se recoge. Se aduerme al fin ya sin pena…"

   Fotografía: Leszek Paradowski.

"Lo propio de la acción de la sensibilidad es convertir en vida lo que le toca; en una vida disponible ya para una mayor revelación…"

         

          Fotografía: Masao Yamamoto.

"Los pasos del hombre sobre la tierra parecen ser la huella del sonido de su corazón que le manda marchar, gozoso, cuando se siente formar parte de un cortejo en el que van otras criaturas humanas y de otros reinos, en serenidad perfecta cuando se siente moverse al par con los astros y aun con el firmamento mismo, y con el rodar silencioso de la tierra".





"No sólo el lenguaje sino las palabras todas, por únicas que se nos aparezcan, por
solas que vayan y por inesperada que sea su aparición, aluden a una palabra perdida, lo
que se siente y se sabe de inmediato en angustia a veces, y en una especie de alborear que la anuncia palpitando por momentos. Y también se la siente latiendo en el fondo de la respiración misma, del corazón que guarda…
. ¿Y no estará ella señalada por aquellas privilegiadas palabras apenas audibles como murmullo de paloma: “Diréis que me he perdido, -Que, andando enamorada-, Me hice perdidiza y fui ganada".




!Respirar libre de todo acecho, de todo peso de pasado, sin saber ni sentir el presente que llega a instalarse, por puro que este presente sea, por desligado que parezca. Pues que espera el puro don de ser sin empeño alguno. El don de ser embebido en el don de la vida, ser y vida sin escisión ni diferencia alguna, pues que todo cuitar viene de que ser y vida se le den por separado al hombre."


  Fotografía: Boguslaww  Strempel.


"Tiende la belleza a la esfericidad. La mirada que la recoge quiere abarcarla toda al mismo tiempo…Y la belleza en la que luego discierne la inteligencia, elementos y relaciones, se ofrece al aparecer como unidad sensible. Y la mente de quien la contempla tiende a asimilarse a ella, y el corazón a bebérsela en un solo respiro, como su cáliz anhelado, su encanto.
Porque la belleza al par que manifiesta la unidad…se abre como una flor que deja ver su cáliz, su centro iluminado...Y quien se asoma al cáliz de esta flor una, la sola flor, arriesga ser raptado."



"Algo que solamente puede reconocerse en tanto que se siente, en esa especie, la más rara, del sentir iluminante, del sentir que es directamente, inmediatamente conocimiento sin mediación alguna. El conocimiento puro, que nace en la intimidad del ser, y que lo abre y lo trasciende, el “diálogo silencioso del alma consigo misma” que busca aún ser palabra, la palabra única, la palabra indecible; la palabra liberada del lenguaje."



“De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra.”

                     

                    Fotografía: Masao Yamamoto.

"Es lo que sueña. Como todo lo encerrado, sueña el corazón con escaparse, como todo lo encadenado, desprenderse, aun a costa de desgarrarse. Como todo aquello que contiene algo precioso, con derramarlo de una sola vez."


"Y así esta paz que proviene de sentirse al descubierto y en sí mismo, sin irse a enfrentar con nada y sin andar con la existencia a cuestas."





 Fue en Segovia donde María Zambrano descubrió las tres dimensiones de la palabra que actuarían de pilares de su filosofía: la palabra filosófica, de la mano de su padre, un extremeño sabio, de una sabiduría que supo aunar la experiencia vital con la erudición; la palabra poética, de la voz de Antonio Machado, amigo de su padre y compañero en numerosas empresas políticas y culturales de Segovia; y, por último, la palabra mística, a través del contacto con los lugares sagrados que habitó San Juan de la Cruz en esta tierra. Filosofía, poesía y mística, pues, aunados en un pensamiento que nació en Segovia, en “un lugar –nos dice la autora- donde se da el modo de visión que rescata a las cosas y a los seres de la confusión, de la ambigüedad, de las variaciones impresas del roer del tiempo.”
          Mercedes Gómez Blesa, de la Introducción a “Claros del bosque”, Cátedra.

María Zambrano.
                    








viernes, 5 de abril de 2013

"RETAHILAS", CARMEN MARTÍN GAITE.



         " Aquel asunto de leer constituyó durante años la materia más peliaguda de mis confesiones por cómo se iba identificando para mí con la noche, con los tactos furtivos, con una rebeldía contra horarios y leyes y un marcado placer por lo prohibido, ¿a qué jurisdicción pertenecía?, ¿a la espiritual o a la corporal?, si era imposible, absurda, la elección, si se trataba precisamente de una marea que invadía de golpe cuerpo y alma dibujándoles costas y arrecifes idénticos, acompasando placenteramente al uno contra la otra, alas y raíces, deseo y sangre, cuerpo y alma, claro, inflándolos a la par".


“El olvido rige sus propios laberintos y nunca nos enseña el secreto de unas reglas que ni él mismo conoce, es dios autoritario y caprichoso y nunca lo sabremos de antemano si va o no a concedernos sus favores ni la razón de espera y de paciencia que aún nos destina para consumir; “conseguí olvidar”, sí, a veces se dice, se apunto uno ese tanto hasta incluso con cierta convicción, ¡qué jactancia adornarse con plumas de un dios tan arbitrario!, mientras él no abra puertas a nuestro cautiverio porque le dé la gana y cuando se la dé,  no pasan de ser muecas los amagos de escape que exhibamos”.


    Fotografía de Donata Wenders.

"Ahora entiendo de pronto tus ojos de pronto entristecidos, tu luz y tu paciencia, tu encogerte de hombros, entiendo los boleros y los fados, entiendo que lloraras a veces en el cine, que leyeras a Bécquer…sí, te entiendo por fin al cabo de los años, de tantas discusiones exaltadas, de mi inútil tesón por mudar tu índole, tu apego a las raíces, al cabo de ese tiempo perdido que era tuyo porque diste refugio a tardes y mañanas que malversaba yo, por las que atravesaba sin fijarme".

Fotografía de Tatsuo Suzuki.


 "Decidir romper amarras y ser libre vale de poco, yo cuántas veces habré dicho en mi vida “cada palo que aguante su vela” para dar por cancelada mi dependencia con respecto a alguien, pero sólo cuando notas que además de decirlo eres capaz de remendar la vela de tu propio barco sin que los dedos te tiemblen y sujetarla otra vez pausadamente al mástil solitario, ¡ah!, eso es lo que vale, entonces sí has roto de verdad aquella amarra de la que protestabas, cuando decir “soy libre” no es recurso forzoso ni revancha verbal, sino una consecuencia del susurro que te canta en la sangre: “Estoy sola, vuelvo a empezar, todo es mío, yo amaso el tiempo y me pertenece, es mi material de labor, mi tela para tejer, no lo siento tirano ni verdugo”.




"Y con esto de convertir el sufrimiento en palabra no me estoy refiriendo a encontrar un interlocutor para esa palabra, aunque eso sea, por supuesto, lo que se persigue a la postre, sino a  la etapa previa de razonar a solas, de decir “¡ya está bien!”, encender un candil y ponerse a ordenar tanta sinrazón, a reflexionar sobre ella, reflexión tiene la misma raíz que reflejar, o sea que consiste en lograr ver el propio sufrimiento como reflejado enfrente, fuera de uno, separarse a mirarlo y entonces es cuando se cae en la cuenta de que el sufrimiento y la persona no forman un todo indisoluble, de que se es víctima de algo exterior al propio ser y posiblemente modificable, capaz de elaboración o cuando menos de contemplación, y en ese punto de desdoblamiento empieza la alquimia, la fuente del discurrir, ahí tiene lugar la aurora de la palabra que apunta y clarea ya un poco aunque todavía no tengas a quién decírsela…"



"…poder estar ahí contigo como hoy…oyéndote contar y contar cosas…sin miedo, sin prisa…dando forma al relato entre los dos…¿te das cuenta de lo bien que se está y de lo bien que hablamos?...pero es también el sitio y el momento y la casualidad y saber que luego cada uno nos iremos a lo nuestro".


Fotografía: Autor desconocido.

"…la ausencia hay que dejarla doler lo que ella pida y transformarla en bien, ahora lo sé, no se trata de sustituirla atolondradamente por otras presencias sino de vivirla y dejar que destile conocimiento y bien, a palo seco, lo que tú hiciste, rechazar los sucedáneos.
…ya ves qué error tan grande tenerte miedo a ti, no atreverme a decirte que me siento vacía, un eslabón perdido, con lo que consuela decírtelo, consuela tanto que deja de ser verdad. Ahora, mientras te lo estoy diciendo, se fija ese eslabón, se engancha a ti por la palabra, me quitas el miedo a estar girando sola en el vacío…
…con lo que me gusta mirarte, tienes los ojos igual que tu madre, la cosa más de verdad que he visto en la vida, mientras me miren no hay tiempo ni amenazas, ¡cómo acogen!, sólo existen tus ojos".







"Hay una geografía de cerros de Úbeda en el relato éste, un terreno común que exploramos al hablar, pero qué acompasados vamos avanzando, ¿te das cuenta?, y es que me has propagado el fuego.
…no hay lumbre parecida a la de las palabras que calientan la boca, no, es la mejor borrachera. Te lo digo porque ahora mismo me tienes chispa perdido, oye, alumbrado, fugado, con un pire que no toco el suelo.
…Y sí, yo lo comprendo que debo ser un antiguo, porque me gustan las historias contadas con esmero y son las únicas que me creo; a mí no me va la prisa ni el “da igual” ni el “tú ya me entiendes”, no, yo sólo entiendo lo que me cuentan bien. Por eso me entero de lo que dices tú y me lo creo, porque consigues ponérmelo delante de los ojos y que sea igual que estarlo viéndolo".



"Las cosas que te cuento…antes de ser palabra han sido confusión y daño, y gracias a eso, a haber pasado tú tu infierno y yo el mío podemos entendernos…; vivimos un lujo, el de poderlo contar…
Lo grave es cuando se te forman esos grumos de sombra y de maldad, daño puro, sinrazón que te paraliza el pensamiento y te entorpece cualquier posibilidad de discurso…esos estados son como diques en la corriente de un río, ahí no cabe psiquiatra, cabrían en todo caso duendes, genios o espíritus que te pudieran adivinar el mal sólo con mirarte a la cara sin tenerles tú que decir palabra alguna…"

Fotografía: Autor desconocido.


“…y cuando una necesidad la tienes que esconder para ti solo acabas viéndola como una necesidad fantasma, de eso que piensas: “Bueno, nada, qué le vamos a hacer, seré un bicho raro”.
…”y es que todas las cosas que haya podido echar de menos luego nacen de allí, si tiras del hilo, en aquella ausencia tan mala de llevar y en haberla tenido que llevar a solas”.
…”pensaba que alguien tenía que venir a consolarme, a arrodillarse al lado de la cama para que le contara lo mal que lo estaba pasando”.
…”era un prodigio y los prodigios hay que implorarlos…”
…”porque para mí estaba ya más que clara una cosa: poder hablar era quererse, y antes de que los primeros hormiguillos de la pubertad se empezaran a hacer insoportables ya había asociado la idea de amor a la de conversación.”
…”porque ahí está la madre del cordero, en el despiste y la soledad que se chupa uno por esos años, en lo mal que te lo explican todo, y eso lo padece igual un niño que una niña, qué más dará, lo que pasa es que luego cada cual reacciona como puede.”



         
"Yo no sé cómo hacías que, sin perder el hilo del discurso, casabas las palabras con el momento en que quedaban dichas, recogías el sesgo, la luz de aquel instante; iba compaginada tu atención al latín, a la historia del Arte o a una charla cualquiera con el otro mirar al mismo tiempo con puntual cuidado árboles y tejados, el cielo, las personas, y aquella luz fugaz que los contorneaba se quedaba en tus ojos para siempre….
“Se nos olvidará  –decías- más pronto lo que hablamos que este sitio y su luz, la luz se queda dentro, luego sale en los sueños…es lo único que queda”.








"Perdidos andamos todos, hombre. Lo único que a veces puede despertar curiosidad es saber con respecto a qué brújula. Porque a lo largo de la vida no hace uno más que inventarse brújulas o fijarse en las que inventan otros. Eso es lo que cambia; los bandazos son siempre los mismos: del entusiasmo a la decepción pasando por esa zona media de conformidad, guarida preferente para la mayoría, donde el tiempo se ensaña, sin embargo, y pega sus dentelladas más crueles".

 Carmen Martín Gaite.