miércoles, 24 de abril de 2013

NICANOR PARRA, PARREANDO.


HABLA EL MINISTRO DEL RAMO
No nos hacemos eco
De comentarios malintencionados:
Hasta un niño de pecho sabe
Que la lombriz solitaria de la extrema pobreza
Viene de los gobiernos anteriores

Reconocemos que el índice de desocupación
Es algo + alto de lo deseable
Pero nos hacemos un deber en recordar
Que la Moneda –palacio de- no es una agencia de empleos

Camas no faltan en los hospitales
Lo que sucede es que sobran enfermos…
Hay un número exagerado de enfermos en este país
La verdad de los hechos
Es que debido al alto nivel de excelencia
De nuestros servicios hospitalarios
Los enfermos no mueren oportunamente

Siguen vivos
                    Aunque en precarias condiciones
Ocasionando múltiples problemas


         Con sus falsas promesas, con sus extrañas fantasías
Con sus dolores sabiamente simulados
Lograron retenerme entre sus redes durante años
…Hasta que una noche mirando por la cerradura
…volví a la realidad con un sentimiento de mil demonios.
                                
                                   Del poema, "El túnel".



         IMAGEN DE MI PADRE
Yo tenía un fiel amigo
de lento mirar cansado
triste como un jardinero
y puro como un relámpago.

Tenía las manos suaves
como el corazón de un pájaro
al andar casi danzaba
y hablaba casi cantando.

Como ríos paralelos
vagábamos por los campos
yo lo confundía a veces
con la sombra de algún árbol.

El cielo que lo cubría
no podía ser más alto
y el nardo azul de su alma
no podía ser más nardo.

Si hubiera sido de agua
¡qué compañero tan claro!
serenos como sus ojos
nunca se verán dos lagos.

Amigo dulce dormido
que nunca será olvidado
ni en el día en que se cierren
para mí todos los astros.


 LO QUE YO NECESITO URGENTEMENTE
es una María Kodama
que se haga cargo de la biblioteca

alguien que quiera fotografiarse conmigo
para pasar a la posteridad

una mujer de sexo femenino
sueño dorado de todo gran creador

es decir una rubia despampanante
que no le tenga asco a las arrugas
en lo posible de primera mano
cero kilómetro para ser + preciso

o en su defecto una mulata de fuego
no sé si me explico: honor y gloria a los veteranos del 69!
con una viuda joven en el horizonte
el tiempo no transcurre
¡se resolvieron todos los problemas!
el ataúd se ve color de rosa
hasta los dolores de guata –barriga-
provocados x los académicos de Estocolmo
desaparecen como x encanto


    
 MACEDONIA

Un joven periodista
Cree reconocer a Borges
En la rambla de Montevideo

Perdone señor
                    Es Ud. Borges?
Y el venerable anciano respondió:
A veces…

Así era Borges
Una vez alguien tocó el timbre
De su modesto dpto de Buenos Aires

Quién?
          pregunta Borges
Un desconocido de unos 30 años de edad, Sr Borges
Le contesta su secretario

Y el venerable anciano exclamó:
Cómo!
¿Que todavía queda gente de 30 años?

Un curioso se le acercó una vez en la calle:
Perdone Sr. Borges
Le podría hacer una pregunta?
Ya la hizo
          respondió Borges
Y apuró el paso


    “Mi postulado fundamental proclama que la verdadera seriedad es cómica:
          La seriedad con el ceño fruncido
          (Se lee en uno de los antipoemas)
          Es una seriedad de solterona
          La seriedad con el ceño fruncido
          Es una seriedad de juez de letras
          La seriedad con el ceño fruncido
          Es una seriedad de cura párroco
          La verdadera seriedad es otra:
          La seriedad de Kafka
          La seriedad de Carlitos Chaplín
          La seriedad de Chejov
          La seriedad del autor del Quijote
          La seriedad del hombre de gafas
          (Érase un hombre a una nariz pegado
          Érase una nariz superlativa)


    
“Mucho se habla de derechos humanos
Poco
Nada casi sobre deberes humanos
Primer deber humano
Respetar los derechos humanos
           Del poema “A continuación”.
          



Nadie tiene derecho a sonreír
En un mundo podrido como éste
Salvo que tenga pacto con el Diablo.
^^^^
Un joven periodista
Cree reconocer a Borges
En la rambla de Montevideo
          Perdone señor
                    Es Ud. Borges?
Y el venerable anciano respondió:
A veces…
^^^^
Mucho se habla de derechos humanos
Poco
Casi nada sobre deberes humanos
Primer deber humano
Respetar los derechos humanos.



Que mi salud es débil, 
Que no resisto los rigores del trabajo intelectual, 
Que mi pensamiento es inestable y que a menudo me 
equivoco en mis apreciaciones sobre la verdad de las 
ciencias y las magias del arte, 
Que soy descuidado para con mi persona, 
Que no me baño con regularidad 
Y que mis cabellos y mis uñas crecen sin control, 
Que he derrochado mi hacienda en beneficio de los pobres 
de espíritu, 
Que he favorecido más de lo justo y necesario a los 
enfermos, 
Que he permanecido largas horas en los cementerios 
Disfrutando paganamente de la soledad y del silencio 
consagrado a los muertos, 
Que en momentos de desesperación y orgullo he escupido 
el rostro de los ídolos, 
Que he vuelto ebrio al templo y caído dormido en los 
bancos de las plazas y en los tranvías, 
Y que gasté mi juventud en viajes inútiles y estudios 
innecesarios. 

            NICANOR PARRA, “Ejercicios respiratorios”, 1943.




  
SE CANTA AL MAR

Descendimos del tren …
Cuando mi padre me cogió de un brazo
Y volviendo los ojos a la blanca,
Libre y eterna espuma que a lo lejos
Hacia un país sin nombre navegaba,
Como quien reza una oración me dijo
Con voz que tengo en el oído intacta:
"Este es, muchacho, el mar". El mar sereno,
El mar que baña de cristal la patria.
No sé decir por qué, pero es el caso
Que una fuerza mayor me llenó el alma
Y sin medir, sin sospechar siquiera,
La magnitud real de mi campaña,
Eché a correr, sin orden ni concierto,
Como un desesperado hacia la playa
Y
en un instante memorable estuve

Frente a ese gran señor de las batallas.
Entonces fue cuando extendí los brazos
Sobre el haz ondulante de las aguas,
Rígido el cuerpo, las pupilas fijas,
En la verdad sin fin de la distancia,
Sin que en mi ser moviérase un cabello, 
¡Como la sombra azul de las estatuas!
Cuánto tiempo duró nuestro saludo
No podrían decirlo las palabras.
Sólo debo agregar que en aquel día
Nació en mi mente la inquietud y el ansia
De hacer en verso lo que en ola y ola
Dios a mi vista sin cesar creaba.
Desde ese entonces data la ferviente
Y
abrasadora sed que me arrebata:

Es que, en verdad, desde que existe el mundo,
La voz del mar en mi persona estaba.

          NICANOR PARRA, de “Poemas y antipoemas”,1954


 UNA SOLA PREGUNTA
Cuándo piensan erigirme una estatua
Ya estaría bueno
La paciencia también tiene su límite
Sin estatua me siento miserable
Pero x favor que sea de barro
Para que dure lo menos posible
Yo soy un hombre que ha sufrido mucho
Más de lo que delatan las arrugas
Sólo creando mundos me consuelo


IX.
Ya desaparecieron los tranvías
Han cortado los árboles
El horizonte se ve lleno de cruces
Marx ha sido negado siete veces
Y nosotros todavía seguimos aquí.
XVI.
Aforismos chilenos:
Todas las pelirrojas tienen pecas
El teléfono sabe lo que dice
Nunca perdió más tiempo la tortuga
Que cuando tomó lecciones del águila.
Y el viajero que mira para atrás
Corre el serio peligro
De que su sombra no quiera seguirlo.

          Nicanor Parra, de “Cartas del poeta que duerme en una silla”.


          

Rechazo los astros, las edades, la muerte,
Y atraigo hacia mí los débiles juncos, los mendigos,
el musgo.
          Nicanor Parra, “Ejercicios respiratorios”, 1943.






lunes, 22 de abril de 2013

LAS VOCES BAJAS, MANUEL RIVAS.


“A Zapateira”, en aquel entonces, era un gran espacio de misterio, una tierra de nadie poblada para nosotros por los seres de la imaginación, que a veces nos visitaban en forma de zorros, conejos, martas, serpientes, búhos o lechuzas. Era también el primer lugar donde el cuco cucaba. No existía todavía ninguna carretera ni club de golf. Hasta que los hicieron, la carretera y el campo de golf. Y los veranos subía la comitiva motorizada de Franco. Todo el monte escudriñado por cientos de guardias. De repente, se ponían firmes en sus puestos de vigía. Pasaba el zumbido acorazado del Caudillo. Las compactas carrocerías negras, como catafalcos rodantes, con los vidrios ahumados. En aquel convoy de veranos, nunca distinguimos ningún rostro. Con los años, se extendió la ocupación catastral y fue desapareciendo del monte la salvaje compañía. Quedaba el cielo. La imaginación de las nubes. El viento zarandeando a los cuervos. Los cuervos burlándose del viento.

                    

Ahora estamos con la profesora Luz Pozo en el instituto. Entra con Luz una estela erótica en el aula, que tiene como sello especial el producir más calma que excitación. Eros, bien guiado, se posaba en la materia de estudio…Pero una cosa es hablar de literatura y otra muy diferente oír la boca de la literatura. Y eso fue lo que oí, con toda nitidez, cuando Luz Pozo relataba lo que estaba sucediendo, justo en ese momento, en la huerta de Ítaca, cuando la memoria se fundía en el manuscrito de la tierra…porque Ulises convence al ciego e incrédulo Laertes de que en verdad es su hijo cuando es capaz de recordar los árboles que el padre le había nombrado en la infancia en la huerta de Ítaca…higueras, manzanos, perales, vides.

         

Darle tiempo a lo sagrado. Es el tiempo de llegar a lo excéntrico. Cuando escribo, voy a pie. Decidido, contento,  de vez en cuando una cereza. Hasta que las piernas tiemblan porque allá en el fondo se ve el muro. Y el agujero en el muro.


         

                                                                             Fotografía: Dariusz Klimczak.


El faro.
Era la luz de un ser vivo. Despertaba en el crepúsculo, como un murmullo luminoso, y vivía de noche….El faro de Hércules, el faro de Breogán, daba luz y al tiempo tenías la sensación de que guardaba el envés de todo lo que lamía…las sombras, los secretos, los sueños. Tal vez todavía los guarda. Debajo del faro, en un osario de la luz. Las intermitencias, las aspas luminosas, recorrían los tejados, entraban por las láminas de las persianas, destellos pasajeros que guillotinaban el techo, pero que luego hacían más oscura la oscuridad. La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. El mar infinito y las habitaciones angostas.

          

          En la foto, faro Torre de Hércules. Autor: Santiago Rodríguez.

Mi madre era muy callada porque hablaba sola. Y no daba molestias. Cuando no trabajaba, se encerraba en el desván de la Casa Grande a leer vidas de santos y santas. Se metía en aquella cámara oscura y busca una lanza de luz en las tejas para su felicidad clandestina, la literatura de las vidas extremas, radicales, locas, extraordinarias. Ser serían santos y santas, pero lo que ella leía, o por cómo lo leía, eran en vida mujeres hechiceras, raras, y hombres excéntricos, con viento en las ramas.


No sabemos bien lo que la literatura es, pero sí que detectamos la boca de la literatura. En los libros, en la vida. Esa boca raramente avisa antes de abrirse. Tiene la forma de un rumor. De un murmullo. Incluso puede estar cerrada, herida, y sentir cómo en ella enjambran excitadas las palabras. Puede ser una boca tuerta, pintada, voluptuosa, deshidratada. Puede ser escandalosa, incontinente, enigmática, malhablada, balbuciente. Lo que no puede querer es dominar. Es una boca siempre excéntrica. Sola o en grupo, habla sola. Su movimiento interior es el de la danza en la que los cuerpos se contraen y extienden, al tiempo que giran. La boca murmura el poema de Rosalía: 
          “¡De aquellos puntos     
          que hacen ahora
          de afuera adentro
          de adentro afuera!”

         

Pensé en la ironía transgresora que no se despide nunca, que traspasa los velatorios, que intenta acompañar incluso en el Más Allá, cuando leí en la tapia de un cementerio de la costa una pintada en brea que dice de los muertos: “¡FURTIVOS!”
¿O sería un grafito de los muertos a los vivos?

          

Yo saber sabía que mi hermana tenía una relación especial con las palabras. Recolectaba palabras y las llevaba todas para casa. Se ve por la separación de los dientes, en las primeras fotografías, que lleva la boca llena de palabras. Debía de ser una cosa de familia. Mi madre también era verbívora. Hablaba sola de una manera que nos fascinaba, sin ser ella consciente, incluso sin saber que la oíamos…Fuera lo que fuese, era algo extraño, hechizante, sí, pero también perturbador. Era la boca de la literatura, sin avisar.



          Manuel Rivas, de “Las voces bajas”.









domingo, 21 de abril de 2013

LOS POBRES DE PEDIR, JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO.


LOS POBRES DE PEDIR

 

Muchas veces cuando ya habíamos jugado a todo, jugábamos al final a los pobres que era lo más difícil, porque a lo mejor nos entraba de repente la compasión.
Nos poníamos unas ropas viejas y cogíamos un saco para echárnosle a los hombros y salíamos a pedir. Hacíamos como que llegábamos a la puerta de una casa, y decíamos:
–¡Una limosna por amor de Dios!
Y entonces a veces nos decían:
–¡Dios le ampare, hermano! –y no nos daban nada.
Pero en otras casas nos daban un botón o unas recortaduras de patatas, o unas ortigas, que eran como si fueran berzas, y las mondajas como si fueran recortaduras de tocino. Y entonces decíamos:
–Dios se lo pague.
Y, cuando ya teníamos unos cuantos botones y muchas ortigas o mondas de patatas, íbamos a la posada y preguntábamos si podíamos acostarnos allí. Y decía la posadera:
–Vale dos duros.
Y la dábamos dos botones. Y luego preguntábamos:
–¿Y podría usted guisarnos estas viandas que traemos?
Pero la posadera decía:
–Ésas son porquerías para los cerdos.
Y nos las cogía y las tiraba. Así que entonces sacábamos otro botón para pagar la cena, y la posadera nos ponía un plato en una mesa y comíamos al pozo. Y ella decía:
–Antes de comer, se reza.
–Sí, señora –decíamos nosotros.
Y nos poníamos a rezar. Pero cuando ya estábamos rezando, se presentaban los guardias y decían:
–Quedan ustedes detenidos.
–¿Qué hemos hecho? –decía unos de nosotros.
Y respondía un guardia:
–Porque son ustedes pobres, y resultan peligrosos.
Entonces intentábamos escaparnos, pero decía la posadera:
–Eso no vale. Os tenéis que dejar llevar a la cárcel como los pobres de verdad, que es como es el juego.
De manera que los guardias sacaban del bolsillo una cuerda y nos ataban las manos, y así nos llevaban a interrogarnos que es lo más bonito porque contábamos la vida de pobre que teníamos y el hambre que pasábamos, y de dónde éramos, y el frío de los inviernos sin un techo donde guarecernos y sin tener a nadie en este mundo que nos amparase. Pero a veces, ya digo, nos entraba a lo mejor entonces, la compasión, y los mismos guardias decían:
–¡Bueno, bueno! ¡Que no se vuelva a repetir, y a ver si dejan ustedes de ser pobres!
Y nosotros contestábamos:
–¡Sí, señor!¡A ver!

          José Jiménez Lozano, de “El cogedor de ancianos”,1993.


         

sábado, 20 de abril de 2013

AQUÍ YACEN DRAGONES, FERNANDO LEÓN DE ARANOA.


ABDEL, EL DE LOS BARCOS
Le llaman el de los barcos, aunque vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un té en la mano, Abdel cuenta su historia a todo el que quiera escucharla.
Siendo muy joven, sus padres le enviaron al extranjero a hacer sus estudios universitarios. Cuando regresó, Abdel era ingeniero naval, pero su país había perdido el mar. Se lo quedó Marruecos, aprovechando la salida de España de su colonia, que confinó al pueblo saharaui al interior del desierto.
Desde entonces todos le llaman Abdel el de los barcos, porque sabe cómo hacerlos, pero vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un té en la mano, Abdel entorna a veces sus ojos y en el horizonte infinito de arena, entre las dunas, ve alejarse la silueta de los barcos que nunca hizo, sus bodegas llenas de los sueños no cumplidos de su pueblo.

                                                                                              Fotografía: Rui Pires.

El Presidente quiso tener a su pueblo cerca, por eso mandó a sus tropas a reclutarlo
De las clases más bajas le trajeron a un varón, a un loco, a un pocero, a un anciano y a un niño. Colectaron también a un sano y a un ciego, a un rico y a un pobre, a un cojo y a un justo. Y a una santa y  una puta; y a un valiente y a un miedoso, que al poco murió de miedo. Pensó entonces el Presidente que su muestra estaría incompleta sin el alma indescifrable de los artistas. No bien lo pensó prendieron a un pintor, a una musa, a un poeta. Y a uno bajo y a otro alto, y a un triste y a un despreocupado; a uno que lloraba, a otro que una vez dudó, a una mujer fea y a otra bella, a un inquieto, a un tranquilo, a un atleta.
A todos los encerraron en el Palacio de Gobierno, donde el Presidente, cerca al fin de sus súbditos, estudiaría sus reacciones, les hablaría, quizá les comprendería y, al comprenderles, podría gobernar mejor.
En definitiva, les amaría. Y amándoles a ellos, calculaba, amaría a su pueblo entero.
Pero los malditos no lo entendieron. Trataron de escapar. Protestaron, lloraron, se revolvieron; enarbolaron palos y revoluciones, organizaron sangrientas revueltas, anunciaron huelgas de hambre y tejieron disturbios, que fueron reprimidos con la violencia diáfana del despecho.
Entristecido, el Presidente terminó por matarlos a todos, sin comprender que, ahora sí, al matarlos mataba a su pueblo entero.


                                                                              Fotografía: Rafael Navarro.

Juntos fundamos un país al norte, al que llamamos Nuestro. En él fuimos los reyes y los súbditos, abolimos la noche y el miedo, decretamos la risa y el juego. Declaramos prohibidos los lunes y las estatuas ecuestres, derogamos los paraguas, se rindió culto al postre. Pusimos a nuestro nombre las nubes, las tormentas de verano y el roce perfecto de las sábanas limpias.
Nadie podía madrugar en Nuestro. La población permanecía en la cama hasta bien entrado el día.
Entonces llegaron los otros. Aparecieron de noche, sin aviso ni delicadeza. Se quedaron con nuestro país, y lo llamaron Suyo.
Soy, desde entonces, un pueblo errante.

                                                                                                    Fotografía: Masao Yamamoto.

Le gustaban las cosas pequeñas. Le enseñaban el bosque, pero ella se detenía en la brizna de hierba pequeña, a sus pies. Del mar, formidable, le interesó más que nada el abanico de espuma blanca que dejaba la marea en retirada entre sus piernas. De la montaña, la senda como cordel en zigzag que le llevó hasta ella.
Ante los elefantes, en el zoológico, no pudo apartar la mirada de la hormiga que trepaba desafiante por la pernera de su pantalón rosa. De la bicicleta roja y reluciente que le regalaron le gustó el timbre, que hizo sonar sin descanso.
Le mostraron un atardecer hermoso, recortable portentoso de nubes doradas: le fascinó el reflejo en sus zapatos.
Del amor de su madre supo ver los motivos.
Y en los ojos de él, lo que una vez vio en ella.



         Lo que hacía de ella una mujer atractiva era que tenía una risa a pruebas de balas, un beso en la punta de la lengua y los bolsillos llenos de caricias, que repartía entre nosotros a dos manos.
Lo que hacía de ella una mujer atractiva era la marea creciente de su conversación y la arrogante disposición de sus huesos, siempre en pugna con su piel.
Lo que hacía de ella una mujer atractiva era su bendito peligro sin advertencias: epicentro y réplica de mi terremoto, curva de montaña sin señalizar. Su corazón era un paso a nivel sin barreras.
Lo que hacía de ella una mujer atractiva era que tenía una locomotora a punto de descarrilar en los ojos y un mar sereno en las manos. Que bailaba al caminar y, al soñar, dormía.
Pero lo más importante, lo que por encima de cualquier otra cosa hacía de ella una mujer atractiva, era que guardaba un extraordinario parecido consigo misma.

 
                          Fotografía: Cristina García Rodero.


Los que caminan despacio no vienen ni van, no huyen ni persiguen. Su huella es más profunda, y son fáciles de hallar, de dar alcance. Los que caminan despacio compiten sólo con el tiempo, y hacen la digestión lenta del camino con los pies, del paisaje con los ojos.
Como los viejos, que no es que no sepan a dónde van: es que no quieren llegar.

                                                      Fotografía: Masao Yamamoto.     

  Los que caminan despacio no vienen ni van, no huyen ni persiguen. Su huella es más profunda, y son fáciles de hallar, de dar alcance. Los que caminan despacio compiten sólo con el tiempo, y hacen la digestión lenta del camino con los pies, del paisaje con los ojos.
Como los viejos, que no es que no sepan a dónde van: es que no quieren llegar.

                                                           Fotografía: Claudia Guadarrama.

Se decía en los cafés, en las plazas, en los mercados: las palabras están muriendo.
Murió Eucalipto, murió Colectivo, murió Paraguas, tan querida por todos. Murió Curioso y murió Rebelión. Murió Ditirambo, pero a pocos les importó, porque pocos la conocían. Agonía tuvo una muerte coherente, larga y dolorosa. Al entierro de Pan acudieron millones en masa.
Caían por docenas, contagiadas.
Alarmadas, las autoridades racionaron las palabras. Cada ciudadano podrá utiliza treinta al mes. Se persiguieron las perífrasis y los circunloquios, se declararon proscritos los rodeos: el lenguaje se volvió exacto, los oradores, cirujanos. Los locuaces fueron encarcelados y puestos a disposición de los jueces en vistas que nunca más volvieron a ser orales. Incomunicaron a los charlatanes y los mudos se erigieron al fin en modelos sociales, pero lo celebraron en silencio.
Se pusieron de moda las medias palabras. Los enamorados aprendieron a decírselo todo con la mirada, los amantes, con las manos.
Lingüistas, académicos y semiólogos trataron de explicar el origen de la epidemia, pero no encontraron las palabras. Las autoridades pusieron protección a algunas de ellas en virtud de su relevancia: Democracia, Quiniela y Sistema Financiero serían escoltadas en todo momento desde sus domicilios hasta las frases donde a diario se ocupan.
Y el lenguaje se llenó de ausencias. Los diccionarios se convirtieron en cementerios: morgues de papel alfabéticamente ordenadas, necrológicas encuadernadas de la A a la Z.
En secreto, los enamorados guardaron diez, doce palabras, para decírselas en el momento exacto.
También los poetas hicieron provisión. En un sótano húmedo, sin ventanas, amontonaron trescientas palabras. Se sabe que entre ellas estaba Mañana, estaba Mantel, estaba Esperanza. Y se sabe también que, apostados sobre ellas con sus rifles, se aprestaron a defenderlas con la vida.

          En la foto, Fernando León de Aranoa, retratado por Oscar Fernández Orengo.



Sorprende cómo algunas cosas, en apariencia simples, pueden adquirir tantos matices.
El silencio, por ejemplo.
…El silencio del hablador vale doble, y el silencio de los mudos es muy distinto al silencio de los tímidos: el primero es un silencio impuesto, pero en el segundo hay siempre una flor a punto de brotar.
…Hay silencios acusadores, silencios unánimes y silencios cómplices. Hay silencios terribles, como el que sucede en la noche a los gritos de auxilio. Pero de todos, quizá mi favorito sea el silencio de los cuentos, ese que llega siempre, de manera inexorable, tras su última palabra.





¿Y si fueran los libros los que eligen a los lectores, y no al revés?
…Quizá juzgan a los compradores por su ropa, por el tono monocorde de su voz, por su mirada inquieta; les juzgan por los libros que han tomado de otros estantes.
…Los libros detestan ser tomados por los indecisos, expertos lectores de contraportadas…Prefieren a los lectores críticos, que leerán sus líneas, pero sabrán hacerlo también entre ellas…
Las novelas policíacas eligen lectores sagaces con los que medirse. Los libros inteligentes buscan lectores inteligentes; los libros grandes, lectores con antebrazos fuertes…Los panfletos buscan a los convencidos, los diccionarios a los iletrados los best sellers a los best buyers.
Pero todos, sin excepción, se van felices una tarde de sábado con ese que mira nervioso a los lados y, aprovechando un descuido del dependiente, los desliza en su mochila abierta, porque con él se saben deseados.

         



Le gusta subirse al tobogán, pero no se tira. Sube los peldaños con la dificultad de sus pocos años, se sienta y mira a su alrededor, circunspecta. A su espalda se desespera un monumental atasco de niños: gritan, lloran, se empujan. Ella no se mueve. Sus manitas se agarran al pequeño pasamanos de metal descolorido. Y observa.
Tiene miedo, diagnostica experta una madre a mi lado. Los niños la empujan: dale, ¿por qué no te tiras?
Pero ella parece ausente, mira sólo. Piensa.
Le gusta observar las cosas desde allí arriba.

                           Fernando León de Aranoa ,“Aquí yacen dragones”

miércoles, 17 de abril de 2013

VIAJE AL CENTRO DE LA FÁBULA, AUGUSTO MONTERROSO.


A mí me asustan las novelas muy largas porque mi curiosidad está constantemente solicitada por demasiados intereses, y, entre estos, por un poco de cada uno. Así, aparte del “Quijote”, son raras las novelas que he terminado, no porque no me gusten, sino porque me distraigo y las dejo aquí o allá; y como hay muchas que comienzo, a los tres días no sé qué personaje pertenece a cuál, o por qué fulano quería suicidarse, y tendría que comenzarlas de nuevo. Con el “Quijote” es distinto porque tengo un ejemplar en mi dormitorio, otro en el comedor, otro en la sala, otro en la oficina, y cuando uno va en el metro puede ir repitiendo mentalmente los trozos que se sabe de memoria.


EL ZORRO ES MÁS SABIO
Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.
El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.
Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.
Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cócteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
—Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio.
—Y muy buenos—le contestaban—; por eso mismo tiene usted que publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero pensaba: "En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer".
Y no lo hizo.
FIN.
                    AUGUSTO MONTERROSO



Escribir novelas, cuentos o poesía no es una ocupación seria. Por lo contrario, es una locura o chifladura que habría que disfrutar para que los demás puedan recibir parte de ese goce.



Tres renglones tachados valen más que uno añadido.
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Toda literatura es alegórica o no es nada.
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Yo creo que la rebelión viene dada siempre en una obra bien hecha.
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Nadie sabe con qué se hace la buena literatura.
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A veces los tontos adquieren mucho poder. Yo lo atribuyo a que los inteligentes son perezosos, o poniéndolo más suave, ociosos, o más suave aún, contemplativos, y dejan hacer a los otros.
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No se puede enseñar a escribir; pero sí a leer, a leer a los demás, “en” los demás y “en” uno mismo.
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Todos los escritores son ladrones, unos más finos que otros. Naturalmente, los que no lo son son los escritores pobres.

          Augusto Monterroso, “Viaje al centro de la fábula”.