lunes, 24 de junio de 2013

JULIO RAMÓN RIBEYRO. ESCRITOS.

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.
Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecución capital de los maniquíes.
          Julio Ramón Ribeyro, comienzo del cuento “Por las azoteas”. El cuento completo se puede encontrar en “ciudadseva.com”.

 En la foto, Julio Ramón Ribeyro con su hijo Julito.

Cuando imagino una vida afortunada, millonaria, veo siempre el lugar donde pueda seguir escribiendo. Si no fuera necesario comer, dormir, trabajar, no abandonaría este sitio, donde nada me incomoda, donde gozo del más completo albedrío, donde soy dueño del mundo, de mi mundo, sus fabulaciones, hazañas, torpezas, locuras, el mundo irreal de la creación, al lado del cual no hay nada comparable.

          J.R. Ribeyro, de “La tentación del fracaso”.

-Le preguntan a Luder por qué rompió con una amiga a la que adoraba.
- Porque no tenia ningún contacto con su pasado. Vivía constantemente
proyectada en el tiempo por venir. Las personas incapaces de recordar son incapaces de amar.
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- Quizás solo en el instante de morir -dice Luder -recibamos la llave del
cofre donde está guardado el libro que contiene el secreto de la verdad.
Pero ya no podremos transmitir ni la llave, ni el libro, ni el secreto, ni
la  verdad.
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- Lo mismo o algo parecido dice Montaigne en sus "Ensayos" -le reprocha alguien al escucharlo lanzar una sentencia moralizante .
- ¿Y qué? -protesta Luder. Eso sólo demuestra que los clásicos siguen
plagiándonos desde la tumba.
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- ¿No te preocupa escribir desde hace treinta años para haber alcanzado tan minúscula celebridad? -le preguntan a Luder.
- Por supuesto. Me gustaría escribir treinta años más para llegar a ser
completamente desconocido.
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-Un amigo irrumpe en su casa para anunciarle que ya se firmó el armisticio.
- ¡Bah!- comenta Luder. Ya te darás cuenta que la paz solo consiste en
cambiar la guerra de lugar.
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- Hay que estar muy atentos -dice Luder- hay que estar día  y noche
atentísimos para descubrir la ventana por la cual podemos despegar
intrépidamente hacia lo desconocido.

          Julio Ramón Ribeyro, “Dichos de Luder”, 1.



La habitación silenciosa. Uno que otro coche se desliza por la calzada húmeda. El barrio duerme pero mi gato y yo velamos, nos resistimos a dar por concluida la jornada, sin haber hecho nada, al menos yo, que la justifique…Quizá por eso escribo páginas como ésta, para dejar señales, pequeñas trazas de días que no merecerían figurar en la memoria de nadie. En cada una de las letras que escribo está enhebrado en tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida que otros descifrarán como el dibujo en la alfombra.

          Julio Ramón Ribeyro, “Prosas apátridas”.





 Lo encuentran paseándose abstraído en torno a la mesa de su biblioteca.
- Me he dado cuenta -dice Luder- que nuestra vida solo consiste en dar
vueltas y vueltas alrededor de unos cuantos objetos.
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- Es penoso irse del mundo si haber adquirido una sola certeza -dice Luder-. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas.
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- No hay que buscar la palabra más justa, ni la palabra más bella, ni la más rara –dice Luder. Busca solamente tu propia palabra.
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-Literatura es impostura -dice Luder- . Por algo riman.
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- Solo verán aire en el aire -dice Luder-. He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua.

          Julio Ramón Ribeyro, “Dichos de Luder”.


 Luder regresa de su habitual paseo por el malecón.
- Estoy confundido - dice- . Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acantilado, se baja los pantalones y se caga mirando mi crepúsculo. Eso demuestra la relatividad de nuestras concepciones estéticas.
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-No te desesperes - le dicen a Luder cuando se lamenta por no haber
encontrado la compañera ideal a causa de sus achaques y sus manías. Siempre hay un roto para un descosido.
-Sí, pero yo no soy roto ni descosido: soy un remendado.
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Envidian a Luder porque una o dos veces al mes se amanece conversando con un amigo muy inteligente.
- ¡Debe ser una conversación apasionante¡
- Ni  crean. Como ignoramos más de lo que sabemos, lo único que hacemos es canjear fragmentos de nuestra propia tiniebla interior.
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- Ven con nosotros - le dicen sus amigos. La noche está esplendida, las
calles tranquilas. Tenemos entradas el cine y hasta hemos reservado mesa en un restaurante.
- ¡Ah , no! - protesta Luder -. Yo solo salgo cuando hay un grado, aunque sea mínimo, de incertidumbre.
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Se sueña solo en primera persona y en presente de indicativo - dice Luder. A pesar de ello el soñador rara vez se ve en sus sueños. Es que no se puede ser mirada y al mismo tiempo objeto de mirada.

          Julio Ramón Ribeyro, “Dichos de Luder”.

   En la foto, Julio R. Ribeyro.

“Dichos de Luder”

-¡Cómo me hubiera gustado conocer a Goethe, a Sthendal, a Hugo, a Joyce! -exclama un amigo entusiasta.
-¡Ah , no! -protesta Luder-. No los hubieras aguantado más de cinco minutos. Casi todos los grandes escritores son unos pesados. Sólo la muerte los vuelve frecuentables.
* * *
-Lo que diferencia a los escritores franceses de los norteamericanos –dice Luder- es que los primeros se limitan a cultivar un jardín, mientras los segundos se lanzan a roturar un bosque.-¿Y tú?
-Ah, yo solo riego una maceta.
* * *
-¿Que opinas de la vanguardia? -le preguntan a Luder.
-¿La Vanguardia? No tengo nada que ver con el arte de la guerra
* * *.
-Cuando alguien empieza por decirme "Te voy a ser franco..." los pelos se me ponen de punta -dice Luder-. Adivino que me va a tirar a la cara alguna verdad brutal. Con lo agradable que es vivir en un delicado engaño.
* * *
-Llega un momento en que las andanzas se convierten en remembranzas –dice Luder- Entonces ya no vale la pena salir, pues no vemos nada ni aprendemos nada. La puerta de la calle nos conduce inexorablemente al pasado
* * *
-Es penoso irse del mundo si haber adquirido una sola certeza -dice Luder. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas.
* * *

-No hay que buscar la palabra más justa, ni la palabra más bella, ni la mas rara -dice Luder. Busca solamente tu propia palabra.



…solo frente a mi máquina de escribir, sin coerciones ni apremios, sin jueces, ni público, ni ovaciones ni rechiflas, en la arena solitaria de mi página en blanco…

          Julio Ramón Ribeyro.

 En la foto, Julio R. Ribeyro.
Y en este paseo, mientras anochecía, volvió a sentir ese pequeño ruido en el interior de su cráneo: era el ruido semejante al de un vagón que se desengancha del convoy de un tren estacionado e inicia por su propia cuenta un viaje imprevisto…el traqueteo del vagón que se desengancha y acelerando progresivamente se lanza desbocado por la campiña rasa, sin horario ni destino, cruzando sin verlas las estaciones de provincia, los bellos parajes marcados por una cruz en las cartas de turismo, desapegado, ebrio, sin otra conciencia que su propia celeridad y su condición de algo roto, segregado, condenado a no terminar más que en una vía perdida, donde no le esperaba otra cosa que el enmohecimiento y el olvido.

          Julio Ramón Ribeyro, del cuento “Nada que hacer, monsieur Baruch”.


         
Un escéptico optimista: Julio Ramón Ribeyro.

Yo no me considero realmente como un pesimista, sino como un escéptico optimista. Lo que puede parecer contradictorio. Esta especie, más numerosa de lo que se cree, conserva cierta esperanza secreta de que las cosas se arreglen…en que el hombre, a fuerza de padecer y de perecer, terminará por encontrar una forma de vida compatible con sus anhelos esenciales y que inventará finalmente una sociedad viable. ¿Cuál? Como escéptico no puedo indicar ninguna receta, como optimista creo que la receta existe. Sencillamente hay que encontrarla.

          Julio Ramón Ribeyro, “La caza sutil”.

   En la foto, Julio Ramón Ribeyro.



sábado, 22 de junio de 2013

ELISEO DIEGO, POESÍA.

confúndanse la tarde y el gusto,
no pase nada, todo sea
lento y paladeable como espesa noche
si alguien pregunta díganle
aquí no pasa nada, no es más que la vida


          Eliseo Diego, de “El sitio en que tan bien se está”.

Desde muy joven –lo confieso- me han gustado los fantasmas. Me apasionaban las historias de sus desventuras.
Hoy –lo confieso- , aproximándose la hora de convertirme en uno, ya no me gustan tanto.

          Eliseo Diego, “Fantasmagorías”.


Deshabitada,
tu familia
dispersa, ciegas
tus vidrieras,
qué sola te quedaste,
mi madre, con tus huesos,
que tengo que soñarte, tan despacio,
por tu arrasada tierra.

          Eliseo Diego, “En la Calzada de Jesús del Monte”.

Diariamente lo encuentro: él es un suspiro
de cuántos años y de qué tristezas
y yo enredado adentro en las malezas
que me enturbian el ser. Siempre lo miro
como si fuera algún reproche, y viro
la cabeza en cuanto puedo.
…Se ve que el sol a diario le fue duro
pero que él lo trató como a un hermano,
mientras que yo, secreto, renuente,
volvía mis ojos a mi mundo oscuro.

          Eliseo Diego, del poema “Encuentros”.



Ella siempre
lo dijo: tápenme
bien los espejos,
que la muerte presume.

Mi abuela, siempre
lo dijo: guarden
el pan,
para que haya
con qué alumbrar la casa.

Mi abuela, que no tiene,
la pobre, casa
ya,
ni cara.

          Eliseo Diego, de “El sitio en que tan bien se está”.

En esta extraña calle donde vivo,
esta increíble calle de otra parte,
quién habita esa casa que es la mía
y entrando por la puerta grande y ocre
me deja afuera a mí, que soy él mismo,
temblando como un niño ante la entrada.

          Eliseo Diego, de “En esta extraña calle”.

        En lo alto

Un pájaro en lo alto,
en lo más fino
del árbol alto,
un tomeguín
nervioso, breve, tan liviano

como un soplo de luz,
está cantando
su propia levedad,
la maravilla
de su increíble ser

          - su pura vida
minúscula, perfecta, iluminada.

Eliseo Diego, “Los días de tu vida”.


Están los niños hablando de la dicha
tan lejos en la casa, que sus voces
apenas son un eco, una memoria
de otro rumor.

Están diciendo
sus venturas pequeñas, maravillas
de tocar y tener. Tú los escuchas
en tu cuarto desierto, mientras huyen

las páginas oscuras, y parece
que descansa la luz, que el tiempo todo,
secreto en el desván, claro en el alma,
se aviene a ser feliz

          Eliseo Diego, “La dicha”.
          
Las llamas charlan en la chimenea
con el obeso calderón de cobre.
…Qué bajas son las vigas,  y qué oscuras.
Por fin bulle el caldero entre las llamas.

La enorme vieja ahora suspira.
Dónde se fue tu aliento, dónde el aire.
Tan pura es la quietud
que oyes la leve
huella de la ceniza. Entonces,
entre el oro del fuego, la caverna
de la gran boca. Un huracán susurra
“había una vez…”
                      Y nace todo.

       Eliseo Diego, de “Mi madre la oca”.


Los viejos están solos con los viejos
…No les alcanza el colmo de los gustos
que cambian con las nubes, ni la ciencia
nueva del bien y el mal: melancolía
de estarse siempre al margen, y los sustos
de ver que ya se apaga la conciencia
como se oculta en la memoria el día.

          Eliseo Diego, “Los viejos”.
  
        Me da terror este papel en blanco
tendido frente a mí como el vacío
por el que iré bajando línea a línea
descolgándome a pulso pozo adentro
sin saber dónde voy ni cómo subo
trepando atrás palabra tras palabra
que apenas sé qué son sino son sólo
fragmentos de mí mismo mal atados
para bajar a tientas por la sima
que es el papel en blanco de aquí afuera
poco a poco tornándose otra cosa
mientras más crece la presencia oscura
de estas líneas si frágiles tan mías
que robándole el ser en mí lo vuelven
y la transformación en acabándose
no es ya el papel ni yo el que he sido.
          Eliseo Diego, “La página en blanco”.
























Porque llega una hora en que todas las casas se
 despueblan de sus ruidos mortales
y las vidrieras son frías como esos invernaderos
desolados, lisos ojos de muerto, que nadie supo nunca dónde quedan,

es preciso que alguien, alguno de nosotros, venga
y diga: los cubiertos de casa, qué se hicieron, alguien sin duda los ha robado…

Es así que ahora todo nos falta. Si alguien nos ofreciera un poco de café nos salvábamos
porque la casa deshabitada es adusta como la justicia del fin
y el viento que pasea por los altos no es sino el viento,
las estancias no son más que las estancias de la casa vacía
y es como si no hubiese venido nadie, como si nadie mirase los recintos del hombre, bajo los astros.

          Eliseo Diego, del poema “Bajo los astros”.

        Si me demoro, a solas,
si entretengo a mis días en la esquina
o cuento alguna fábula a mis miedos,

quizás, quién sabe,
tal vez por fin en el balcón te inclines,
tan joven eres tú, tan joven,
y acaso a mí contigo
de regreso a tu edad a salvo lleves.

       Eliseo Diego, de “Vuelta a la ronda”.


Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema

no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha, una
esperanza indecible;

un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.

          Eliseo Diego, “No es más”.
  

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos
…Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba.

          Eliseo Diego, de “Voy a nombrar las cosas”.
         


¿Y qué va a ser de tus recuerdos cuando
no tengan ya dónde encontrar abrigo?

¿ Y qué va a ser de tus recuerdos, dime?

De aquella niña que llegaba siempre
más pronto que la luz a tus razones
y del menudo perro que consigo
llevó a su noche el ser de la ternura.
Tu juventud es más que mi memoria,
muchacha eterna de la eterna vía:
ella perdure cuando el resto acabe.

          Eliseo Diego,  de “Y qué va a ser de tus recuerdos”.

Qué poco todo, qué poco,
para tanta sombra
                              -tanta.

          Eliseo Diego, “A través de mi espejo”.
         

miércoles, 19 de junio de 2013

CUANDO EL VIEJO SINBAD VUELVA A LAS ISLAS. ÁLVARO CUNQUEIRO.

…además que el timón va haciendo callo en tus manos, pero no en el corazón. Ahora todas las novedades son por mapa y aguja…y no encontrarás entre los pilotos uno que sepa navegar por sueños y memorias, y así no logran ver nada de lo que hay, de lo que es milagro y hermosura de los mares. ¡Fácil es decir que no hay Cotovías!

          Álvaro Cunqueiro, “Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas”.

     Fotografía: Arash Karimi.

En el mar no hay que admirarse de nada, después del milagro que es que se pueda andar por él en un atado de maderas y que se puedan tomar los vientos señoriales en unas lonas recortadas. El pez papagayo lo pesqué yo mismo a diecisiete leguas de Columbo. Es pez de fondos, pero las hembras salen mudas, y a los más de ellos no les hace gracia procrear en silencio allá abajo, y dejan ese trabajo a los machos que salen mudos, o tartamudos, o tácitos, que hay de todo, como en las familias, y los bien parlantes suben a la nata del mar, y andan cerca de las naos; no se pescan porque escuchan todo lo que hablan los marineros. El hablar de ellos es la cosa más graciosa que hay, porque hacen con su boca, que tiene pequeños labios encarnados, unas vejigas de aire, y las mandan fuera del agua: al salir estallan y vierten la palabra que llevan dentro, y en cada vejiga no caben más de dos sílabas, y así, si la palabra tiene tres o cuatro, hay que adivinar lo que falta. Dicen “golon” por golondrina, e “higue” por higuera, y su lengua siempre es arábigo letrado.



Era el tiempo de ataviar las naves para que los marineros se hiciesen al mar. El mundo era el mismo y era una novedad. ¡Salir por la fresca matinal! Yo, acariciaba en aquel duro banco mi corazón de ribereño del mar con el último verso de una oda de Horacio, en la que un gran almirante de antaño, que se llamó don Ulises de Ítaca, hablando con sus marineros les dice, y se le ve una mano alegre en el aire, "Cras iterabimus aequor", que se traduce por: "Mañana navegaremos al largo...".



Los mares arábigos piden conversación y les es igual cualquier lengua. ¡Ni que tuvieran diccionarios! En las más de las naves arábigas hay en el mayor un cesto, en el que uno va leyendo historias en voz alta durante todo el viaje.
…El mejor tiempo de andar en el mar es tras el monzón, cuando las aguas tiran a verde y vienen del Oeste las aves que huyeron de las lluvias. Los mares están tumbados al sol, cantando bajito. Reconocen los turbantes de los gloriosos pilotos de Alá y les mandan una ola espumosa de saludo a los valerosos que vuelven a las atrevidas navegaciones. Yo siempre llevo algún regalo al mar, ya sea una fruta o un clavillo de plata con el nombre de mi nave en la cabeza…Lo que no le gusta nada al mar es que lave en él sus pies el piloto. Le parece demasiada intimidad. En el mar siempre hay que estar como en visita.




Sinbad mató el candil, se metió en el lecho, y buscó en las memorias suyas un viaje para adormecer con él, y gustaba de buscarlos muy largos y detallados y no sabía dejar cabo suelto desde que salía a la solana suya haciendo visera con la mano, por ver cómo se levantara el mar aquella mañana, y qué viento lo peinaba, y por veces tenía que pararse, que no situaba en el cuento unos compañeros o una despedida, o de qué parte ancoraría la nave, o un fardo estaba puesto en cubierta que no dejaba pasar cómodo a proa, y estaba media hora dándole vueltas a aquel tropiezo, y cuando lo burlaba, entonces la nave y el sueño suyo encontraban franca vía, y adormecía en un repente, quedado y roncador, y si soñaba, lo que no acostumbraba, le subían los sueños en palabras a los labios, a pasearse. Si pudiéramos verlas, seguramente que eran palabras muy vestidas de colores, espuma de la memoria que Sinbad gastaba cada día, nueva y eterna espuma del mar mayor, rota en perlas relucientes por los vientos amigos que pasan cantando.

         


Tener un río como éste en la sequedad de las solana de la tierra, tal es encontrar en la flor de la madurez, cuando ya va uno con el saco suyo de vagabundo más que promediado de canseras y horas secretas y vientos perdidos, junto a las manos y a las mejillas, una sonrisa confiada, moza y amante: una mariposa juguetona que saliese con viento fresco de un descuidado ensueño. Un río así es medio vivir; fugitivo compañero, se lleva del alma los gérmenes de la melancolía.


            “Y dejó lugar abajo y al margen para que se apuntasen los marineros vacantes y que quisiesen salir con él.
-¡Dicen que te vas, mi Sinbad, señoría! –le gritaba el ciego Abdalá, que pedía siempre frente a la taberna del Cangrejo de Oro.
-¡Vuelvo al mar, amigo Abdalá Ibn Ismael al Malaquí! ¡Hazme un encargo! ¡Los pedidos de los ciegos traen suerte!
-¡Llévame de vigía, Sinbad! ¡No te lo digo por burla! A tientas lo conozco todo, hasta si el vino tiene agua, y por el oído sé dónde rompe el mar.¡Aún sirvo para algo, Sinbad!



…y no quiso ya más salir de su palacio,  y dio en gobernar el reino por medio de espejos y de agujeros, y ponía las leyes por adivinanza,  y tenía también pájaros oidores, que son unos mirlos de por allá que repiten todo lo que escuchan, y en cada casa de rico tenía cuatro o cinco, y por lunas los traía a la cámara secreta suya a examinarlos, y no le importaba nada lo que oían los mirlos suyos salvo que fuese política.



“…y si soñaba, lo que no acostumbraba, le subían los sueños en palabras a los labios, a pasearse”.



domingo, 9 de junio de 2013

J,C. ONETTI, ESCRITOS.


Durar frente a un tema, el fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta.
Durar frente a la vida, sosteniendo un estado del espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de la mesa de café.
Durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como en una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino. Todo lo demás es duración fisiológica, un poco fatigosa, virtud común a las tortugas, las encinas y los errores.

          Juan Carlos Onetti, “Réquiem por Faulkner y otros artículos”.
          

         

           
El sexo es maravilloso, es una felicidad total si se emplea un producto que no se puede comprar en la farmacia: el amor. Para mí fue más importante que la literatura. Si no existieran las mujeres, hubiera escrito el doble de libros.
…Escribo a mano, siempre, y corrijo poco. Cortar, sí, mucho, pero corregir casi nada. Tengo una sensación visual, la de dibujar letras.
…Creo que toda la gente tiene una zona de pureza. A veces se murió para siempre; a veces, misteriosamente, renace. Eso lo he visto en muchas mujeres que la buena sociedad desprecia.
…Nunca iría a una peña literaria, las odio; nunca iría a dar una conferencia, para mí es vergonzoso. Y sigo detestando a esos “intelectuales” que opinan sobre todo y no son más que bocasucias.
…No sé lo que es la literatura. Para mí ha sido siempre una fuente de felicidad.

          Juan Carlos Onetti.


Es que mi imagen –ustedes me lo muestran- avanza, desde hace tiempo, separada de mí.
Mientras yo permanezco adolescente, calmo, interesado en lo que importa, bondadoso y humilde por indiferencia y por la asombrosa seguridad de que no hay respuestas, ella, mi cara, ha envejecido, se ha puesto amarga y tal vez esté contando o invente historias que no son mías sino de ella.
JUAN CARLOS ONETTI, “Autorretrato”.


Hay un sólo camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos.
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Yo quiero expresar nada más que la aventura del hombre.
Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación.
…hay tres cosas que a mí me han sucedido, me suceden, que tienen similitud: una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor, ponerme a escribir.
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Cuando un escritor es algo más que un aficionado…podrá verse obligado por la vida a hacer cualquier clase de cosa, pero seguirá escribiendo…Escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión y su desgracia.

          Juan Carlos Onetti, “Réquiem por Faulkner y otros artículos”.


Mi imagen y yo, no lo olvido, es el título de la composición que debo escribir para figurar en la selección de cabezas o jetas tan inmortales como latinoamericanas que ustedes quieren reunir en libro. Allá ustedes.
… En cuanto a mí, hace muchos años que aprendí el arte de afeitarme al tacto para evitar la opinión del espejo, para acudir al trabajo sin el peso de otra depresión…
Es que mi imagen –ustedes me lo muestran- avanza, desde hace tiempo, separada de mí.
Mientras yo permanezco adolescente, calmo, interesado en lo que importa, bondadoso y humilde por indiferencia y por la asombrosa seguridad de que no hay respuestas, ella, mi cara, ha envejecido, se ha puesto amarga y tal vez esté contando historias que no sean mías sino de ella.
Claro está que no reniego de mi cara; y los lazos sanguíneos y legales que nos unen me obligarán siempre a salir en su defensa, con justicia o no.

          Juan Carlos Onetti, “Réquiem por Faulkner y otros artículos”.



No soy estudioso ni crítico y jamás perdería el tiempo reflexionando sobre mis libros. Aseguro que nunca he releído una obra mía. Sí he hojeado alguna y el resultado siempre es dual: o me insulto por no haber trabajado más algún párrafo o me insulto diciéndome “que esto es muy bueno, que ya nunca volveré a escribir tan bien”.
…Si tuviera el poder suficiente, que nunca tendré, haría un solo cercenamiento a la libertad individual: decretaría, universalmente, la lectura obligatoria del “Quijote”.

          Juan Carlos Onetti.
          



Siempre sobrevivirá en algún lugar de la Tierra, un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hombre encontrará un público afectado por el mismo veneno, que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir. Y será imprescindible que ese  supuesto sobreviviente preferirá hablar con la mayor claridad que le sea posible de la absurda aventura que significa el paso de la gente sobre la Tierra y que evitará, también dentro de lo posible, mortificar a sus oyentes con literatosis.

          Juan Carlos Onetti, “Réquiem por Faulkner y otros artículos”.
          

“Tal vez nos convirtamos en sirvientes de la cibernética. Pero sentiremos que siempre sobrevivirá en algún lugar de la Tierra un hombre distraído que dedique más horas al ensueño que al sueño o al trabajo y que no tenga otro remedio para no perecer como ser humano que el de inventar y contar historias. También estamos seguros de que ese hipotético y futuro antisocial encontrará un público afectado por el mismo veneno, que se reúna para rodearlo y escucharlo mentir.”
          JUAN CARLOS ONETTI.


…todos los que vivían allí estaban condenados a esperar conmigo, sabiéndolo o no, boqueando como idiotas en el calor amenazante y agorero, atisbando la breve tormenta grandilocuente y la inmediata primavera que se abriría paso desde la costa para transformar la ciudad en un territorio feraz donde la dicha podría surgir, repentina y completa, como un acto de la memoria.

          Juan Carlos Onetti, “La vida breve”.
          En la foto, J.C.Onetti con Dorotea Muhr.

De Julio Cortázar a J.C. Onetti.
Paris, 12 de enero de 1980
Querido Onetti:
Una vez más encontré todo ahí, todo lo que te hace diferente y único entre nosotros. La gran maravilla es que el reencuentro no supone la menor reiteración ni la menor monotonía. Parecería casi imposible después de la saturación que dejan en la memoria tus libros anteriores, pero es así: todo es otra vez nuevo bajo el sol, mal que le pese al viejo Eclesiastés.
Con pocos escritores me ocurre eso. Los leo hasta un punto dado y después pienso, "muchachos, sigan solos, yo me corto en la esquina". Con los años, prefiero autores nuevos, probar otras marcas de whisky. Y ... pasa que tu novela [*] es eso, siempre whisky pero con un sabor que es el mismo y diferente. Pasa que una vez más has escrito un gran libro, y lo que parecía irrepetible se repite sin repetirse, si me perdonás esta jerga que busca abrirse paso y se enreda un poco.
Medina, carajo. Qué tipo sos, Onetti. En fin, tu libro lo voy a caminar mucho por las calles de Paris (ojalá, alguna vez, de Buenos Aires).
Un abrazo,
Julio


lunes, 27 de mayo de 2013

ADELAIDA GARCÍA MORALES, "EL SILENCIO DE LAS SIRENAS".

"Me siento subida a una extraña plataforma aérea, lanzada ya hacia la muerte. Y tú, Agustín, me destruyes. Mira cómo me haces enfermar: débil por ti, enloquecida por ti, que sólo me das tu silencio. Pero ya he aprendido a escuchar tu voz sin que me hables, y eso es lo peor. Pues ahora sé que tu silencio no es silencio, ni tu indiferencia, indiferencia. O quizá sólo sea mi esperanza disparatada que me hace inventar un fantasma, tú, con los sentimientos que deseo." 


“Había duendes negros danzando en el azul de aquella noche, y eras imposible al otro lado de un cristal azul. Azul mi tristeza y tu sombra, azul un hondo dolor sin lágrimas, azul tu silencio en mi pena. Y tus ojos…inmensos mares negros perdidos para mi esperanza.”

         

          
"Parecía que le bastaba con evocar a Agustín Valdés, con traerle a la realidad de las palabras para sentir que ,de alguna manera , estaba realizando su amor. Pues eran precisamente las palabras el único material mundano con el que iba construyendo su singular historia, y alimentando un sentimiento cuya realidad, viniera de donde viniese, era indiscutible"
"Cuando hablaba de su amor, lo hacía como si fuera el único o el primero de la humanidad(...) Yo sabía que su amor era real, extremadamente intenso, tan poderoso como para nutrirse sólo de sí mismo y de su portentosa imaginación"
"Anoche volví a soñar contigo Agustín- había escrito Elsa en su cuaderno-. ¿Soñar?, no estoy segura de poder nombrar así los lugares, objetos, paisajes, personas, palabras,  sucesos que se me aparecen  constituyendo esa otra vida que comparto contigo, no sé dónde ni cuándo, pero que me pertenece de la misma manera que ésta de todos los días"
" Le había impresionado en mensaje que le había llegado desde las páginas de La fugitiva de Marcel Proust: "Por los demás, en la historia de un amor y de sus luchas contra el olvido¿ no ocupa el sueño un lugar aún mayor que la vigilia(...) Pues, dígase lo que se quiera, podemos tener perfectamente en sueños la impresión de que lo que en ellos ocurre es real"
Adelaida García Morales, “El silencio de las sirenas”.




Pensé entonces que ciertas enfermedades podían, a veces, asomarse a un rostro en forma de arrebato o pasión, y también que, seguramente, una persona como ella era lo que la gente llamaría “loca”. Y, sin embargo, ahora, al recordarla, siento un profundo respeto por sus palabras, su esperanza, su dolor, su melancolía, su inapetencia, su abandono…Todo ello se engarzaba en el hilo de un sentimiento que quizá no fuera sino amor al Amor. Pues ahora estoy convencida de que era el amor, y no la enfermedad, lo que la hacía resplandecer de aquella manera.

         


“Si tú no fueras una sombra…si yo no te inventara…si te adivinara entre sueños y visiones surgidos de extrañas profundidades que hubiera en mí…Pero no puede ser. Tú eres sólo una sombra y ese es mi mal, pues las sombras no pueden morir.”


“Yo sé que tú eres eso que yo he visto y que ahora ensueño. A veces me pregunto cómo pueden los sueños tejer una historia que me va enredando más que la vida misma. Aunque, ¿acaso no son ellos mi vida?”