sábado, 22 de junio de 2013

ELISEO DIEGO, POESÍA.

confúndanse la tarde y el gusto,
no pase nada, todo sea
lento y paladeable como espesa noche
si alguien pregunta díganle
aquí no pasa nada, no es más que la vida


          Eliseo Diego, de “El sitio en que tan bien se está”.

Desde muy joven –lo confieso- me han gustado los fantasmas. Me apasionaban las historias de sus desventuras.
Hoy –lo confieso- , aproximándose la hora de convertirme en uno, ya no me gustan tanto.

          Eliseo Diego, “Fantasmagorías”.


Deshabitada,
tu familia
dispersa, ciegas
tus vidrieras,
qué sola te quedaste,
mi madre, con tus huesos,
que tengo que soñarte, tan despacio,
por tu arrasada tierra.

          Eliseo Diego, “En la Calzada de Jesús del Monte”.

Diariamente lo encuentro: él es un suspiro
de cuántos años y de qué tristezas
y yo enredado adentro en las malezas
que me enturbian el ser. Siempre lo miro
como si fuera algún reproche, y viro
la cabeza en cuanto puedo.
…Se ve que el sol a diario le fue duro
pero que él lo trató como a un hermano,
mientras que yo, secreto, renuente,
volvía mis ojos a mi mundo oscuro.

          Eliseo Diego, del poema “Encuentros”.



Ella siempre
lo dijo: tápenme
bien los espejos,
que la muerte presume.

Mi abuela, siempre
lo dijo: guarden
el pan,
para que haya
con qué alumbrar la casa.

Mi abuela, que no tiene,
la pobre, casa
ya,
ni cara.

          Eliseo Diego, de “El sitio en que tan bien se está”.

En esta extraña calle donde vivo,
esta increíble calle de otra parte,
quién habita esa casa que es la mía
y entrando por la puerta grande y ocre
me deja afuera a mí, que soy él mismo,
temblando como un niño ante la entrada.

          Eliseo Diego, de “En esta extraña calle”.

        En lo alto

Un pájaro en lo alto,
en lo más fino
del árbol alto,
un tomeguín
nervioso, breve, tan liviano

como un soplo de luz,
está cantando
su propia levedad,
la maravilla
de su increíble ser

          - su pura vida
minúscula, perfecta, iluminada.

Eliseo Diego, “Los días de tu vida”.


Están los niños hablando de la dicha
tan lejos en la casa, que sus voces
apenas son un eco, una memoria
de otro rumor.

Están diciendo
sus venturas pequeñas, maravillas
de tocar y tener. Tú los escuchas
en tu cuarto desierto, mientras huyen

las páginas oscuras, y parece
que descansa la luz, que el tiempo todo,
secreto en el desván, claro en el alma,
se aviene a ser feliz

          Eliseo Diego, “La dicha”.
          
Las llamas charlan en la chimenea
con el obeso calderón de cobre.
…Qué bajas son las vigas,  y qué oscuras.
Por fin bulle el caldero entre las llamas.

La enorme vieja ahora suspira.
Dónde se fue tu aliento, dónde el aire.
Tan pura es la quietud
que oyes la leve
huella de la ceniza. Entonces,
entre el oro del fuego, la caverna
de la gran boca. Un huracán susurra
“había una vez…”
                      Y nace todo.

       Eliseo Diego, de “Mi madre la oca”.


Los viejos están solos con los viejos
…No les alcanza el colmo de los gustos
que cambian con las nubes, ni la ciencia
nueva del bien y el mal: melancolía
de estarse siempre al margen, y los sustos
de ver que ya se apaga la conciencia
como se oculta en la memoria el día.

          Eliseo Diego, “Los viejos”.
  
        Me da terror este papel en blanco
tendido frente a mí como el vacío
por el que iré bajando línea a línea
descolgándome a pulso pozo adentro
sin saber dónde voy ni cómo subo
trepando atrás palabra tras palabra
que apenas sé qué son sino son sólo
fragmentos de mí mismo mal atados
para bajar a tientas por la sima
que es el papel en blanco de aquí afuera
poco a poco tornándose otra cosa
mientras más crece la presencia oscura
de estas líneas si frágiles tan mías
que robándole el ser en mí lo vuelven
y la transformación en acabándose
no es ya el papel ni yo el que he sido.
          Eliseo Diego, “La página en blanco”.
























Porque llega una hora en que todas las casas se
 despueblan de sus ruidos mortales
y las vidrieras son frías como esos invernaderos
desolados, lisos ojos de muerto, que nadie supo nunca dónde quedan,

es preciso que alguien, alguno de nosotros, venga
y diga: los cubiertos de casa, qué se hicieron, alguien sin duda los ha robado…

Es así que ahora todo nos falta. Si alguien nos ofreciera un poco de café nos salvábamos
porque la casa deshabitada es adusta como la justicia del fin
y el viento que pasea por los altos no es sino el viento,
las estancias no son más que las estancias de la casa vacía
y es como si no hubiese venido nadie, como si nadie mirase los recintos del hombre, bajo los astros.

          Eliseo Diego, del poema “Bajo los astros”.

        Si me demoro, a solas,
si entretengo a mis días en la esquina
o cuento alguna fábula a mis miedos,

quizás, quién sabe,
tal vez por fin en el balcón te inclines,
tan joven eres tú, tan joven,
y acaso a mí contigo
de regreso a tu edad a salvo lleves.

       Eliseo Diego, de “Vuelta a la ronda”.


Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema

no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha, una
esperanza indecible;

un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.

          Eliseo Diego, “No es más”.
  

Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos
…Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba.

          Eliseo Diego, de “Voy a nombrar las cosas”.
         


¿Y qué va a ser de tus recuerdos cuando
no tengan ya dónde encontrar abrigo?

¿ Y qué va a ser de tus recuerdos, dime?

De aquella niña que llegaba siempre
más pronto que la luz a tus razones
y del menudo perro que consigo
llevó a su noche el ser de la ternura.
Tu juventud es más que mi memoria,
muchacha eterna de la eterna vía:
ella perdure cuando el resto acabe.

          Eliseo Diego,  de “Y qué va a ser de tus recuerdos”.

Qué poco todo, qué poco,
para tanta sombra
                              -tanta.

          Eliseo Diego, “A través de mi espejo”.
         

No hay comentarios:

Publicar un comentario