domingo, 28 de abril de 2013

EL PAÍS DE LOS CUENTACUENTOS, DARIO FO.


En Porto Valtravaglia el curso escolar acaba de empezar. En este pueblo, tabernas, tascas, bares y hoteles no cerraban jamás sus puertas….
Pero entre toda la caterva de estrambóticos parroquianos, los personajes que merecían mayor atención y respeto eran sin duda los Cuentacuentos y lo fabuladores.
Los fabuladores eran la gloria y el orgullo de mi nuevo pueblo. Los encontrabas en las tabernas, delante de la iglesia, en el embarcadero, en los muelles del puerto. Solían contar sucesos ocurridos hace siglos y siglos…pero era pura picaresca, pues tomaban prestadas historias míticas para tratar la realidad cotidiana y los acontecimientos de la crónica más reciente, empleando los recursos de la sátira y lo grotesco.
…La figura del diferente, del imprevisible, del ilógico siempre me ha fascinado; pero lo que más me implicaba era lograr apoderarme de la técnica de contar.


 Los árboles frutales habían disparado chorros de flores. Mi abuelo disfrutaba en silencio de mi asombro, luego me sopló, casi como un apuntador. “¡No mires sólo con los ojos, mira también con la nariz!”
“¿Que mire con la nariz?”
“¡Sí, huele, escucha los olores y los perfumes!”
“Cuántas cosas sabes, abuelo…”
“Sólo soy un curioso tremendo, que no se conforma fácilmente con las nociones que te propinan tanto los libros como los profesores. Verás, para las pantas, las patatas, las flores o los tomates el discurso es el mismo: si a una manzana la pica un insecto cabrón o la infecta un virus, en seguida reacciona cambiando de olor, antes incluso que de aspecto. Es una señal que te ofrece gratis. Lo mismo pasa con un hombre o una mujer: su buen aroma te avisa no sólo de su buena salud, sino incluso de su humor”.
“¿Y todos se dan cuenta? ¿Sólo con olfatear?”
“No, lamentablemente…hemos perdido el olfato…¡nos hemos quedado castrados de este sentido fundamental!”
Yo estaba consternado: “¡Qué desastre! ¿Y ya no se puede hacer nada?”
“Bueno…ejercitándose con algo de método, y sobre todo mucha constancia, se puede remediar.”
“¿Ejercicios de olfateo?”
“Sí, precisamente: entrenarse en husmearlo todo…¡Verás cómo adquieres una buena cultura!”

          


Sí, lo reconozco: ¡a mí las mujeres, desde que vine al mundo, me gustan a rabiar! Si además se trataba de una mujer luminosa como Bedeliá, con ese aroma a flores y fruta que despedía su piel…¡Dios, qué alucine! Entre sus brazos yo la olía con la glotonería de un drogado.
También mi madre era hermosa y fresca, como o más que Bedeliá…¡si me parió con sólo diecinueve años! Mi madre está por encima de cualquier comparación…con el perfume de mi madre se me hacía la boca agua, en sus brazos no hacía viento ni calor. Su calidez disolvía cualquier temor: ¡realmente me encontraba en el vientre del universo!

         
         



Transcurrido el invierno, volví a visitar al abuelo. Estaba ya casi del todo ciego, pero vivía su condición con una autoironía impresionante…
Cuando se quedaba en casa nunca estaba solo; venían campesinos a pedirle consejos…Era verdad que no veía, pero tal y como me enseñó de niño, el tacto y el olfato eran medios infalibles para juzgar.
…Yo escuchaba apartado, fascinado por cómo el abuelo lograba expresar con tanta sencillez conceptos tan importantes sobre la naturaleza, y me venía a la mente esa máxima genial de Montesquieu que dice: “Los eruditos pedantes son los que con términos extravagantes logran comunicar la nada más absoluta”. Mi abuelo era justo lo contrario.
Y todos los viernes llegaba puntual el párroco de Torreberetti. Él y el cura se sentaban bajo la pérgola de glicinas y conversaban siempre más bien animados. Una vez oí al abuelo gritar: “Lo que pasa es que vosotros, queridos católicos apostólicos romanos, para sobrevivir necesitáis todos los santos ritos de la religión, empezando por la confesión que os libera  toda culpa: un  poco de arrepentimiento, y en paz. Los ateos, por el contrario, no podemos recurrir a ningún santo. Para nuestras culpas sólo tenemos que dirigirnos a nuestra conciencia. Y si entramos en crisis sólo queremos cuentas con la razón”.
Después, mientras saludaba con gestos de la mano al párroco que se iba alejando, comentaba: “Tengo que tomarme con más calma el provocarle demasiado. Lo mismo cualquier día tiene una crisis y tira el hábito y se hace ateo también. ¡Y a mí me toca ocupar su puesto en la parroquia!
Tres años más tarde el abuelo murió…El profesor de Alessandria se encargó de decir unas palabras sobre la tumba del abuelo.
Una frase ha permanecido viva en mi memoria: “Cuando muere un campesino que sabe de su tierra y de la historia de los hombres que la trabajan, cuando muere un sabio que sabe leer la luna y el sol,  los vientos y el vuelo de las aves, como sabía el Bristín, no es sólo un hombre el que muere: ¡es una biblioteca entera la que se quema!

          Dario Fo, “El país de los cuentacuentos”
         



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