jueves, 25 de abril de 2013

PAPÁ, DAME LA MANO QUE TENGO MIEDO. LEOPOLDO MARÍA PANERO.


Leopoldo María Panero, por Ana María Moix.

Con una imaginación portentosa y un don visionario casi sólo otorgado a los espíritus tocados por lo sagrado, el verbo de Panero nos acerca a lo abismal. Ya en sus libros de poemas, o en prosa, como el presente “Papá, dame la mano que tengo miedo”, un Panero rabioso, iconoclasta, desesperado, cargado a veces de un humor más que negro, subversivo…eleva un canto lleno de denuncia, pero carente de odio. Un canto hecho de reflexiones demoledoras, un canto terrible, sí, pero canto al fin. Un canto estremecedor, pues no en vano habla de lo humano y del mundo creado por el hombre, pero lo hace con la hermosa insatisfacción de quienes aún viven transidos por la nostalgia del paraíso insensatamente perdido. O, más exactamente, insensatamente echado a perder. Un paraíso que ya sólo es capaz de llorar el ángel caído.




Mi alma está sola, está sola y llueve contra mi alma, y sopla el viento sobre mi alma, y el insecto de la vida está solo y llora destruyendo al alma. Y tú cantas, cantas en las noches canciones sin alma…Mientras tanto la vida transcurre afuera y las horas pasan con hambre de vivir…
…oh terror de vivir o estar solo, estar tan solo contra el llanto, estar solo sin el menor llanto, espuma sólo en los labios de un idiota.

     

Mi caso es el del extraño escritor más solo que la una, extranjero en su patria, como  dijera Rosalía de Castro. Escritor con un complejo de castración infantil del tamaño de una catedral. Un escritor cansado, muy cansado, en un país de estafadores y ladrones donde, por lo visto, prohibir el cuerpo representa la única virtud.
…Si por algo estoy en literatura es para averiguar hasta dónde puede llegar la vida, si se la fuerza en exceso. Si por algo estoy en el verbo es para saber qué se hizo del vino y del grito, del relincho del perro y del horizonte de la ausencia.

         

          
Tan sólo quiero una palabra más, sólo una palabra más para esculpir a solas un árbol para la nada. El castigo es este encierro, lo sé bien, pero el peor castigo es el silencio, sin apelación posible, sin poder respirar, sin poder comunicar…
…Mi vida no merece el nombre de vida, no hay rastro en ella de lo que significa la palabra vida, y en el manicomio no se puede suplicar, no se puede pedir gracia…La vida es usura, lágrima de la voz contra el hombre, lágrima del mundo destruido, humo que dora el agua…
…Yo estoy al otro lado de la vida, al otro lado del tiempo, al otro lado del espejo y, como dijera Azúa de viva voz, vuelvo a repetirlo: “Lo que importa es saber de qué lado del espejo se está”. Yo estoy al lado de la fuente, negando cualquier espejo, haciendo de mi vida salto en el vacío, águila sobrevolando la ruina…

          



Y una voz escupe en mitad de mis sesos la palabra “giligloria”, insulto entre gilipollas y gloria. Y sueño entonces que he vivido y me llamo de algún modo. Y sueño que estoy aquí…alguien ubicado al otro lado de lo humano, porque como dijo una vez Félix de Azúa: “Lo único importante es saber de qué lado del espejo se está”…Y mañana será otra vuelta de tuerca, otra vuelta de tuerca más a la bondad humana. Y es como si ya sólo quedasen añicos de mi alma, restos de mi alma…mientras unos locos mugrientos me piden con voz de sapo un cigarrillo para encender la ceniza de su alma, para reírse de mí al otro lado del espejo, para reírse del bien y de la vida, para reírse del Diablo y de Dios, para reírse con semen ajeno entre los labios de aquello mismo que pudieron llegar a ser.

         




No me mires esta noche a los ojos. Ana María, no me mires, por favor, ya que sigo enamorado de ti. Dime tú, Ana Maria Moix, ahora que estamos solos en la noche, sin mirarme a los ojos, dime quién soy. No se puede entrar en una página como se entra en una tabaquería. No hay huida, Ana María, ni evasión, ni posible sueño, y el hombre de la tabaquería sigue sonriendo a nuestra costa. Y una voz escupe en nuestros sesos la divina palabreja “giligloria”, que es un insulto bellísimo entre gilipollas y gloria.

En el largo viaje por mar del que provengo, tengo derecho a mi cansancio y mis heridas.
…porque todos los hombres encuentran alguna manera de vengarse del mundo, y la mía, ya lo sabes, sólo puede ser escribir.




Estoy solo en la sombra, antes de oír a alguien a mi espalda que me susurra a mi oído las sílabas del miedo: “Papá, dame la mano que tengo miedo”…Nadie puede salvarme ya, nadie puede curarme, el fluir de la conciencia es mi lodo y mi vida. Los pájaros vuelan sobre el papel, mi frente me cae a los pies y me la recojo, precipitadamente, para después volver a colocármela sin que nadie se dé cuenta…Algún día volveré, sólo para pedirte que me des la mano, porque mi padre ya no está.

          Leopoldo María Panero, “Papá, dame la mano que tengo miedo”.





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